
Hubo un tiempo en que el fútbol no se medía en kilómetros recorridos, sino en la elegancia de una mirada y en la precisión de un gesto.
Hubo un tiempo en el que el fútbol era otra cosa, un juego de hombres liderados por hombres.
En esa época dorada, portando el brazalete del Milan y el número seis a la espalda, un hombre reinó hasta convertir el arte de defender en una obra de teatro perfecta: Franco Baresi.
Apodado «Piscinin» en sus inicios por su corta estatura, Baresi demostró muy pronto que para mandar en el área no se necesitaba ser un gigante, sino adelantarse al pensamiento del rival.
Nadie leyó el juego como él.
Nadie imponía en la línea defensiva como él.
Nadie hacía que los delanteros no quisieran la pelota.

Cuando el balón cruzaba el centro del campo, Baresi ya sabía cómo terminaría la jugada.
Cuando el equipo se replegaba, la voz de Baresi era la que se escuchaba por encima de todas.
Su figura fue el motor silencioso de la revolución de Arrigo Sacchi en aquel Milan memorable que conquistó Europa a finales de los ochenta y principios de los noventa, redefiniendo para siempre el papel del líbero.
Baresi ya no era un simple escudero que esperaba el error ajeno en la cueva, sino que se convirtió en el auténtico director de orquesta desde la cueva.
Levantaba la mano, daba tres pasos al frente y activaba la trampa del fuera de juego con la precisión de un cirujano.
En cuanto recuperaba el balón, levantaba la cabeza con suma elegancia, como si fuera un mariscal de campo, transformando un ataque rival en una contra mortífera propia.
Con la Azzurra, su entrega alcanzó tintes épicos.
Imposible olvidar aquel Mundial de Estados Unidos en 1994, donde reapareció milagrosamente en la final tras una operación de menisco para dar una lección monumental de coraje ante la Brasil de Romário; pero aquella tarde la suerte le fue esquiva, y no pudo alzarse con el trofeo de los trofeos.

Baresi no solo ganaba balones; robaba aplausos. Se retiró dejando una estela de liderazgo sereno, devoción al Milan y una enseñanza imborrable: defender no era destruir el juego del rival, sino crear la primera nota de la propia victoria.
El mundo del fútbol llora la pérdida en estos días de este extraordinario defensor que, siempre con la camiseta por fuera, encumbró a los altares el arte defender cuerpo a cuerpo.
Franco Baresi, descansa en paz.

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