Cuando una simple pelota besa la piel cruzada de una red, o cuando atraviesa el espacio invisible entre dos conos, o cuando golpea la pared de un plazoleta, el mundo se apaga durante tres o cuatro segundos. En esos momentos, un grito atraviesa tu cuerpo. Se te olvida el dolor que a veces uno atesora en el corazón, y te reconcilias con el niño que de pequeño se quedaba mirando a sus ídolos sudar elegancia sobre el verde tapiz de un césped de fútbol. Alcanzar a meter un gol es una descarga de adrenalina tan salvaje que todo tu ser no sabe ćomo procesarla; por eso, cuando un futbolista mete un gol, lo ves correr como loco sin rumbo fijo, lo ves soltar todos los amarres de su ansiedad, lo ves gritar hasta quedarse sin aire. Marcar un gol es la liberación absoluta de una presión que se anida en la garganta, pasando de ser un simple mortal a sentirte por un chasqueo de dedos en un dios de barro. El universo entero se reduce a ese instante, a esa jugada, a ese pase que el compañe...