Hubo un tiempo en que el fútbol no se medía en kilómetros recorridos, sino en la elegancia de una mirada y en la precisión de un gesto. Hubo un tiempo en el que el fútbol era otra cosa, un juego de hombres liderados por hombres. En esa época dorada, portando el brazalete del Milan y el número seis a la espalda, un hombre reinó hasta convertir el arte de defender en una obra de teatro perfecta: Franco Baresi. Apodado «Piscinin» en sus inicios por su corta estatura, Baresi demostró muy pronto que para mandar en el área no se necesitaba ser un gigante, sino adelantarse al pensamiento del rival. Nadie leyó el juego como él. Nadie imponía en la línea defensiva como él. Nadie hacía que los delanteros no quisieran la pelota. Cuando el balón cruzaba el centro del campo, Baresi ya sabía cómo terminaría la jugada. Cuando el equipo se replegaba, la voz de Baresi era la que se escuchaba por encima de todas. Su figura fue el motor silencioso de la revoluc...
Persiguiendo un Sueño..