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Soledad

​ El Viernes Santo empezaba a doblarle la esquina al folio de la madrugada.  El tiempo, arrastrando compases, olía a cera derretida.  Y todas las miradas en torno a la calle Tornería se concentraban en Ella .  La dolorosa que tiene el alma rota. Destrozada. Mutilada.  La Virgen del clavo que, si pudiera, se lo clavaría en el fondo de su alma.  La que navega entre zozobras de mares oscuros, enfilados y revueltos.  Era la Soledad .  La Madre que camina por Jerez como una doncella de luto. La que arrejunta toda la pena que un capataz, sin apenas voz, podía confesarle. La que concita a la noche, mientras que la tarde se aleja por el horizonte con el envés de las pupilas echándola de menos.  Era la Soledad . La que se quedó huérfana desde que engendró en su vientre al Varón de Dolores . La que detiene sobre los espejos mudos lo que no se puede, o no se sabe decir. La de los abrazos sin nombre. Sin hogar. Sin calor. Era la Soledad. La que me ...

Marco Van Basten

​ El Cisne que Desafió a la Gravedad Hay futbolistas que ganan títulos y otros que, simplemente, redimen al espectador .  Marco van Basten pertenecía a esa estirpe de elegidos que transformaban el césped en un escenario de ballet. En el Milán de finales de los 80, no solo vimos a un delantero; vimos la personificación de la estética funcional . Lo que hacía a Marco único era su capacidad para armonizar un cuerpo de 1,88 metros con una coordinación propia de un peso pluma. No era solo potencia; era un control orientado que eliminaba defensas con un sutil giro de cadera.  Su gol en la final de la Eurocopa del 88 quedó grabado en la retina mundial, pero fue en San Siro donde alcanzó su plenitud mística. Allí, bajo la batuta de Sacchi , Marco fue el vértice perfecto de un equipo que cambió el fútbol moderno. Sin embargo, la carrera de Van Basten es también una de las crónicas más desgarradoras del deporte. Sus tobillos, de cristal ante la dureza de los defensas de la époc...

Y al tercer día…

​ Se descorrió la piedra del silencio. Se abrió el vientre de la primavera. Se acabaron los pasadizos color tiniebla. Al tercer día, el amor ha demostrado ser más fuerte que el abismo.  Al tercer día, las campanas vuelven a sonar entre glorias y alabanzas. Al tercer día, como si fueran tres golpes de llamador, Dios vuelve a abrazar al Hijo . En un mundo herido por egoísmos, cansancios e incertidumbres, el dador de la Vida ha vuelto a ella para recordarnos que el mal nunca tiene la última palabra .  Cristo vuelve a inaugurar un futuro nuevo donde el sufrimiento ya no es un callejón sin salida, sino un espacio de transformación. Escúchalo. Siéntelo.  Deja que corretee por tu piel.  Y recuerda… todo lo que se entrega por amor está destinado a la eternidad . Foto: Javier Romero 

Cosiendo un duelo

​ Desde que el primer hilo negro de la humanidad se estremeció por dentro. Desde que la primavera deshojó sus primeros amores. Y desde que la vida tiene mas de dos caras…, la Piedad anda desdoblando bostezos a la luna. Y nada puede detener su pena. Y nadie puede consolar su llanto. Y nadie puede hacerle ver el por qué de las cosas. Ella tiene un nudo en la boca del estomago que no le deja respirar desde hace mas de dos siglos. Y por muchas marchas que suenen al alba. O muchos cirios encendidos que la iluminen. O muchas chicotás de seda que le regalemos… Ella no va a volver a ser nunca la que en su día fue. Porque de su vientre nació el latido que rasgó en velos el templo. Porque de sus pechos se amamantó el Hijo de Dios . Y porque sin Ella el principio de la vida no tendría sentido. Ni lo versos rimarían. Ni las olas del mar besarían la orilla. Ni el tiempo estaría secuestrado en una cárcel de suspiros. Ni esta ciudad tendría la misma sangre derramándose por sus calles. La Pied...

Altos vuelos

​ Una mirada de espuma atraviesa el umbral de la tarde. En los relojes de pared, las campanas a muerte rompen los cristales. Por las azoteas, el silencio se tiende con alfileres de colores. Y en medio de una soledad de albarizas, entre el rumor del gentío y la locura de haberlo perdido todo, una Madre solo sabe guardarse la pena. En un bolsillo del alma. En un zaguán de los ojos. En un rincón sin mañana. Si los vencejos de la primavera le arrancaran la piel a picotazos, no le dolería.  Si alguien le tomara el pulso a la altura de la garganta, no se lo encontraría. Si pudiera volver el tiempo del revés, sin duda a el volvería. Porqué Loreto amó como solo una madre ama. Porque Loreto ama como solo una madre sabe amar. Y es que el amor es así, como una sombra que espera, una eterna primavera donde se pueda vivir. Ella lo busca tras de sí en el vacío del viento, y en su mudo sentimiento guarda el beso que no dio; pues la muerte no venció su maternal pensamiento. Y es que el amor es...

La Noche

​ Cuando el reloj de la ciudad acuartela los segundos. Cuando el tiempo es una gota de cera que discurre a velocidad de óleo. Cuando el cansancio nos vence. Y el sueño no nos deja conciliar duermevelas. Es,… en esos momentos,… cuando el que respira en Cristina sale a las calles de nuestra ciudad a proclamar, -bajo su cruz de carey-, que Él y solo Él gobierna en este embuste de vientos. Y es curioso lo que sucede en torno a su figura.  Porque no necesita nada para gobernar, y lo hace desde el principio de los tiempos. Porque su nombre suena a pesar de que nadie lo nombre, a pesar de que jalen de sus sombras.  Porque Él camina. Discurre. Atraviesa cada uno de los adoquines de nuestra piel,… y a veces no nos damos cuenta de que tras su figura enjuta, vencida y entregada, el Hijo de Dios hecho hombre está muriéndose paso a paso. Es lo que tiene la noche de las Esperanzas . Es lo que los silencios de San Miguel le susurran al barrio de Santiago cuando éste saca a relucir su...