Con la noche metida en frío y viento. Con el escalofrío asomándose a las ventanas. Con la luna secándose las lágrimas al verlo pasar. Y con las vecinas apartando en una esquina de sus cocinas la comida para el día siguiente, de esa forma, el Cristo de la Sed volvió a desangrarse por su barrio. Un barrio de la zona sur que lleva la humildad asida a su piel. Un barrio que vive muchas veces de espaldas a lo que sucede en torno a la ciudad. Un barrio que necesita aferrarse a los clavos ardientes de su mirada para sobrevivir al hambre antes de que llegue el fin de mes. Pero ahí, justamente ahí, en esas calles atravesadas por cables y humedades, es donde más necesario se hace este Dios de madera y sangre, con el único mensaje en su pecho de amar a la Humanidad como Él la ama. Sin aspavientos. Sin migajas. Sin letra pequeña en el contrato. Uno puede tener fe de muchas maneras. Pero cerca del Señor de la espalda ensangrentada por odios, bajo el taquíg...
Persiguiendo un Sueño..