
No existe en la ciudad, ni en ningún otro rincón del universo, una tez como la suya.
Ni encontrarás un semblante como el suyo.
Y nadie tiene las hechuras de azúcar como las que endulza sus labios.
Y Ella lo sabe.
Todos lo sabemos.
Todos la amamos así.
Esa es su magia. Su encantamiento. La singularidad de su brillo.
Por eso, por Ella no pasan las primaveras.
Ni el tiempo se arruga.
Y las monedas de los rezos no tienen reversos en sus costuras.
No existe para Ella Consuelo alguno, y a cambio, cuando te pones delante de sus plantas, de un suspiro te calma todos los huracanes.
Es lo que tiene ser bonita por fuera, y excelsa por dentro.
Es lo que tiene ser la Madre de Dios, y deshilvanar penas junto a la patrona de la ciudad.
Es lo que tiene ser, simplemente, la dulzura blanqueada de nuestras vidas.
Y es que Ella...
En un templo mercenario
duerme el sol de su mirada,
Misericordia sagrada
de Jerez, su relicario.
Son sus ojos el Sagrario
donde el alma se le entrega;
yunque que a dar no se niega
golpes de fe soberana...
¡Qué a esa cara Jerezana
en belleza nadie llega!
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