
Si hay un tipo que me hizo entender que el fútbol es mucho más que once tíos corriendo tras una pelota, ese es Eric Cantona.
No era solo un delantero; era un artista con el cuello de la camisa levantado y una mirada que te decía: "Este es mi jardín y aquí mando yo".
Llegó al Manchester United en el 92 y, sinceramente, cambió la historia del club; y la mía, al comenzar a ver los partidos de la Premier los sábados por la tarde.
Antes de él, el United llevaba décadas en sequía. Y con él, se convirtieron en reyes.
Pero lo que me flipaba de "The King" no fueron solo sus goles (que eran obras de arte), sino su mística. Arrogante. Incómodo. Matón de patio de colegio, pero con una clase descomunal en sus botas que te dejaba la boca abierta.
¿Quién no se acuerda de aquella patada de kung-fu a un hincha del Crystal Palace?
Fue una locura, una mancha en su carrera, pero hasta para pedir perdón fue un genio cuando soltó aquella frase de “cuando las gaviotas siguen al pesquero, es porque piensan que las sardinas serán lanzadas al mar. Muchas gracias”
Cantona no jugaba para las estadísticas, jugaba para la posteridad.
Se retiró joven, en la cima, porque se aburrió. Porque para Eric, cuando el fútbol dejaba de ser pasión, no tenía sentido.
Fue el corazón de los Red Devils y el jugador que nos recordó que, a veces, los rebeldes son los que de verdad ganan.
Au Revoir…
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