Dormitas en un silencio de vidrieras, mientras la luz te acomoda los latidos.
El frío se hospeda en tus ojeras, y al verte, devuelves el sentido a los desvaríos.
Te trazaron sobre una nana de espuma.
Te pintaron al alba, en ese instante en el que la noche se despide de la luna.
Te silenciaron para que silenciaras las heridas, las nostalgias, y las dudas.
Y así vives. Así respiras. Así callas.
Haces pequeño la grandeza de San Miguel, y San Miguel se vuelve grande al verte tan pequeño.
Por cada uno de tus poros el aire esconde sus pisadas.
Por tus chorreones de sangre, la vida dejó escrita sus cenizas de sal.
Hace poco te volví a ver, en la mejor de las compañías, y al verte, te sentí.
Y me estremecí.
Y mudé los labios.
Y te encontré en ese haz de tinieblas que tu sombra siempre dibuja sobre la piedra de mi fe, esa que tambalea más de lo que yo quisiera, y ahí, en ese instante te silabeé…
En la fría madrugá,
cabalgas sobre el madero,
reliquia del mundo entero
que en tu hombro se posará.
Es cierto que el alma va
buscando tu alivio humano,
mientras el pueblo, arcano,
guarda un rotundo silencio
entre la fe y el incienso,
que siempre encuentra en tus manos.
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