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Cañones de valentía


Y en mitad de su caos, se quitó el reloj de las preocupaciones, dejó en el salón los tacones y se acomodó el pelo en una cola alta. 

Cerró la puerta de su hogar con furia, se fue a uno de esos rincones donde la soledad le habla, le susurra, le zarandea… y se quedó a mirar el horizonte sin palabras, solo con el leve ruido del mar… siempre el mar. 

Y ahí, en ese instante, fue cuando comenzó a darse cuenta de que hacía meses que no escuchaba el latir de sus sueños, la risa enhebrada de su alma, su voz… esa voz que había dejado de hablar con ella. 

Y se puso a llorar. 

Dejando salir hacia afuera todo lo que llevaba dentro. 

No guardándose nada bajo la piel. 

Liberándose de cadenas y miedos.

A veces creemos que podemos con todo. Que los huesos sirven para callar y soportar el peso de la vida. Que el sol solo nos broncea en los meses de verano.

A veces basta con detener los pasos. Respirar con los manos. Acariciarse el pecho y escogerse para escoger. Buscarse para buscar. Elegirse para elegir. 

Y aquella tarde. En ese paseo por la vereda de aquella playa sin nombre, ella se encontró ante el espejo de su cintura. Y se dio cuenta de que cada aliento de su mirada, valía una guerra. 

Y así comenzó su batalla. 

Con la armadura de su ropa de andar por casa. 

Sin armas, pero con cañones de valentía. 

Y sin bandera blanca en la retaguardia, porque esta vez no iba a rendirse. 

Era el momento de volver a vivir. 

Era el momento de gritar. 

Era su momento. 

Que a sus enemigos, Dios los pillara confesados…

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