
Hay que reconocerle que tiene un idilio con el gol, un romance de casapuerta, una historia de amor con final feliz.
Cristiano nació con ese don: el del gol.
Con el paso de los años le ha ido sumando la disciplina, el orgullo, la irreverencia a veces, pero que nació con el gol, eso es evidente.
Si no, no se explica esa ambición, esas ganas de superarse siempre, esa facilidad para irse para casa con un par de goles a sus espaldas.
Que su último rival ha sido Uzbekistán, que tampoco ha sido el Milán de Sacchi, pero es que al portugués le da exactamente igual quien esté delante de él o compartiendo césped.
Un tipo especial.
Un goleador inconmensurable.
Un jugador con aura. Con magia. Con algo.
Y todo aquel que le discuta un ápice de su fútbol a este genio, o es la única forma que tiene de hacerse notar, o lo más redondo que ha visto en su día ha sido una caja de pescado, como se decía por mi barrio.
Cristiano no es perfecto. Y la edad le ha robado velocidad. Pero… ¡qué jugador hemos tenido la suerte de ver jugar!

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