Reconozco a día de hoy que durante años mi zona de confort era mucho más grande que el mar que rodea a la bahía de Cádiz. Vivía de manera cómoda. Con la ropa lavada y planchada. Con la comida a mantel puesta. Y con un trabajo donde las aspiraciones por mejorar se esfumaban antes de que la primera quincena de septiembre se tachara en el calendario. Pero tras los varapalos que la vida me ha dado en los últimos años, no pienso volver a esa zona de confort ni aunque me maten. Porque, literalmente… ella ha sido la que me ha matado. Creía que por ser quien era y por estar donde estaba, podía exigir a amigos, familiares y compañeros de trabajo. Sentía que mi palabra eran mandamientos. Y mis deseos ordenes que cumplir… Pero tras perder a mi madre, a una decena de amigos y a la mujer que más he querido en esta puñetera vida, cogí a la soledad por la cintura y nos desnudamos las lágrimas. No fue fácil admitir que estaba roto ante ella. Que tenía el corazón desahuciado. Y que la mirada...