Caía la tarde sobre la ciudad de los sueños y las macetas con lunares. Las puertas de un convento del centro se abrieron de par en par y la mirada más dulce que conforma el interior de ese lugar comenzó a brillar.
El cortejo comenzó su andadura.
Los fotógrafos inmortalizaron la salida.
Y Ella, la escogida por Dios, sabía que por unos instantes se iba a encontrar con el espejo de su alma. Con el reverso de sus penas. Con el norte de su sur.
Durante el recorrido, bendijo a propios extraños. Nuevas calles. Nuevos adoquines. Nuevos rincones por explorar.
Y al llegar a La Plazuela, un escalofrío recorrió su piel de almíbar y le descompuso los nervios.
Tenía tantas cosas que decirle.
Tenía tantos abrazos que darle.
Tenía tantos consejos que pedirle.
Y al encararse ambas la mirada, un suspiro sentenció todas las llagas de su alma.
Porque frente a frente se encontraron, el último farolito encendido de la noche, la última palabra del camino, la última ventana que se quema al aire.
Frente a frente se encontraron, y las Esperanzas de este rincón del sur lloraron a lágrima viva en una capilla de la Yedra que se hizo santuario de Vida.
Frente a frente se encontraron, y el tiempo se detuvo en una brizna de incienso, en un rosario sin monedas, en una locura sin atar.
Y es que …
Se encontraron frente a frente
un arrabal y una calma,
que fue penetrando el alma
de este octubre penitente.
Y bajo un cielo transparente,
la Esperanza, en la plazuela
se rasgó sus entretelas
y bailó por bulerías
y le dijo “vida mía”
a la que mora entre Llagas
sosteniendo sus enaguas
y sus penas de amargura,
derramando su hermosura
por Jerez de la Frontera.

Comentarios
Publicar un comentario