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Enamorado de Tí

​

Hoy que miro a la vida con el sosiego de batallas acabadas, puedo gritarle a los vientos de tu calle Medina que me enamoré de ti por culpa de un susurro de tu boca, una tarde en la que mis huellas danzaban bajo la lluvia, y tu tejias nubes de color azul.
 
Sabía de ti por postales antiguas. Por cartas que escribieron pregoneros enamorados de tus tules. Por dobladillos del tiempo sin ennegrecer. 
 
Y cuando te vi por  primera vez, supe que te quedarías a vivir para siempre en una costilla de mis ilusiones.
 
Y ahí sigues. Y ahí quiero que sigas. Acunando, como tus ojos saben, latidos y suspiros en una hoguera de abrazos.
 
Porque eres la brisa que se cuela por las ventanas cuando el sol dibuja calichas de sombras.


Porque alimentas a la luz para que la luz ilumine con tu nombre los pasadizos de la noche. 
 
Porque llevas en las enaguas de tu talle el dolor que sacude al mundo, a mi mundo, a nuestro mundo.
 
Y siempre, siempre, siempre estás en el libro de los besos. 

En el cajón de los sueños.
 
En las manecillas de azúcar de las mañanas. 
 
En los alaridos sin ecos. 
 
En los devaneos de los nervios. 
 
En los rubores del arco iris.
 
En los cuentos de luna. 
 
En los mares revestidos de sal.
 
En los paseos de media tarde de las abuelas. 
 
En los quieros y en los puedos.
 
En los dimes y en los silencios.
 
En los sudores y en los inviernos.
 
En todas las palabras que acaban en Tí a sabiendas que Tú eres la dueña de todas las palabras.
 
 
 
Amargura que danzas por mi pecho, 
te deslizas sin prisa por el manso 
rincón donde el dolor quedó maltrecho 
y mueren las lágrimas sin descanso.


Amargura que firmas con tus manos
el peso de quererme mientras viva
dejando en tu sentencia la cautiva 
razón de mis quereres inhumanos.


Amargura que apagas los enojos
con la dulce quietud de mil almenas, 
al mirarte se quiebran los cerrojos
muriendo los venenos de gangrena.


Amargura que habitas en silencios,
Amargura que duermes a la luna
Amargura que acunas en tu cuna
al nombrado por todos los milenios.


Y solo me queda decirte, bajito, al oído, y con media sonrisa de escribano …


De ti me enamoré, mi Amargura, 
como un niño se enamora de la piel de su madre, 
y eternamente me envolveré en tu blancura, 
suspirando por ti cuando la primavera renace.

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