
Una de mis debilidades siempre fue Santi Cazorla, a sabiendas de que hay futbolistas que juegan con los pies y otros que lo hacen con la mente y el corazón.
Hablar del asturiano no es solo repasar una carrera repleta de éxitos; es analizar y poner sobre la mesa a uno de los directores de orquesta más singulares e influyentes que ha dado el fútbol moderno.
Cazorla es la definición pura de la ambidiestría funcional.
Su capacidad para conducir, asistir o golpear con idéntica precisión usando cualquiera de las dos piernas sigue descolocando pizarras enteras. En el desarrollo del juego, Santi no es un simple mediocampista; es un acelerador de partículas. Domina el tempo del partido a su antojo: oxigena bajo presión con un giro sobre su propio eje, bate líneas con pases quirúrgicos y pisa el área con la frescura de un mediapunta clásico. Su fútbol es un tratado de clarividencia espacial.
Allí donde ha ido, Santi ha sido el epicentro futbolístico y emocional de esos equipos. En el Villarreal se convirtió en leyenda; en el Málaga fue el faro de una clasificación histórica para la Champions; y en el Arsenal se ganó la veneración del Emirates gracias a su fútbol asociativo.
Incluso hoy, en su madurez, su regreso al Real Oviedo es un acto de amor romántico que eleva el listón competitivo de su equipo.
Ver jugar a Cazorla es recordar por qué nos enamoramos de este deporte,… y por qué este deporte nos sigue enamorando cómo lo hace.
Su sonrisa eterna. Su forma de mirar el mundo. Su manera inquebrantable de desafiar a las curvas de la vida.
Hay jugadores cuya influencia va más allá de lo táctico.
Santi siempre mejora a los que le rodean, haciendo ver u entender que al fútbol puede jugar todo el mundo sin mancharse las botas de barro.
Disfrutemos de las gotas que aún destilan de su magia.
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