Hay personajes literarios que, con el paso de los años, conforman parte del universo que nos vamos creando entre estanterías y libros.
Te acompañan cuando vas de viaje. Hacen que la soledad no hiera. Te ven crecer con cada nueva arruga.
Y para mí, Alatriste es uno de ellos.
Y esta vez ha tocado acompañarlo a París. Junto con los de siempre. Al lado de sus inseparables.
Tras esos ojos azules glaucos, el Capitán revertiano subraya el mundo que lo vio nacer para enseñarnos lo que un día fuimos y lo que el sol alumbraba entre confines de orgullo.
En la punta de su espada, uno puede leer cómo se ensartan valores escritos con mayúsculas que, me temo, a día de hoy se van perdiendo por el egoísmo, la incultura y la droga del click de una sociedad dormida y manipulada.
La Amistad. La Lealtad. El Orgullo.
El Compromiso. El Aceptar la Vida como es, y no como se sueña que sea. El Apretar los dientes cuando la sopa está fría y hace frío en las calles.
La Coherencia. El Honor. La Valentía.
Leer las arrugas de Alatriste es leer la historia que fue, la que tuvimos en nuestras manos, la que se nos escapó por la falta de cultura y la arrogancia de esos que fueron nuestros líderes, y que tanto parecido tienen con los actuales regentes de nuestro país.
Leer a Alatriste es aprender a caminar por el lado oscuro que toda calle tiene, manteniendo intacta la honra personal.
Leer a Alatriste es leer a un hombre que desafía a la vida cuando la vida quiere desafíos y sólo puedes enfrentarte a ellos con lo que guardas y tienes entre las manos.
Sin duda alguna, acompañaría a Alatriste allá donde el viento de poniente lo lleve, aunque en ese mundo ondeen banderas descoloridas y lealtades al peso.
Gracias a Pérez Reverte, siempre nos quedará un verso de Quevedo, un abrazo de Sebastián Copons y una historia que leer bajo la pluma de Iñigo Balboa.
Así que, querido Arturo, no tarde usted mucho en regalarnos la próxima entrega del héroe de su hija Carlota.

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