Luis Figo fue uno de esos extremos que no solo corrían, sino que gobernaban desde la banda los partidos, el ánimo y los resultados. El portugués, pasado el tiempo, no fue un simple futbolista, sino que enarboló la estrategia del desborde, encarando una y otra vez al lateral rival para superarlo y alcanzar sus objetivos.
Su juego se definía por una elegancia quirúrgica.
Figo poseía esa capacidad casi mística de detener el reloj frente al lateral: un amago de hombro, un cambio de ritmo imperceptible y un centro con la precisión de un GPS. No necesitaba una velocidad endiablada porque su lectura de los espacios y su técnica individual eran, simplemente, superiores.
Fue un maestro del "uno contra uno", convirtiendo la banda derecha en su oficina particular.
Más allá de su depurada técnica, Figo ejercía un liderazgo basado en la omnipresencia. No era el capitán que más gritaba, sino el que siempre pedía el balón cuando el balón, en las botas de otros compañeros, quemaba. Su influencia en el juego era total: bajaba a organizar, oxigenaba la posesión y decidía el destino de los ataques. Su transición entre el FC Barcelona y el Real Madrid no solo cambió la historia de los despachos, sino que demostró una fortaleza mental inquebrantable para rendir bajo la mayor presión jamás vista en un estadio.
Luis Figo dejó un legado de profesionalismo y plástica; un jugador que entendió que el fútbol es, a partes iguales, coraje y sofisticación.
Elegante. Con aroma de dandy. Fue una lujo verlo jugar y disfrutar de gotas de fútbol de muchos… muchos quilates…

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