La mañana sorprendió a la luna rebuscando entre las azoteas la silueta de esa marea que porfiaba con la dulzura. A lo lejos se le intuía impacientándose por dentro pues, apenas le quedaba tiempo al desvelarse un nuevo día. Los vientos que la envolvían con las nubes se conjugaron y el reflejo de su grandeza le mostraron a eso del mediodía. Al resignarse a su suerte solo pudo enarcar las cejas y asumir la condena añeja de no poder ir a verte. En un rincón de tu capilla depositó entre lágrimas de alegría el beso que siempre te prometía al separarse de ese rincón de Sevilla. Pero un niño que por allí correteaba se encaprichó de ese presente esfumándose ese regalo, de repente pues en sus manos se desgranaba. Sin darse cuenta de lo que hizo siguió jugueteando por Triana sin saber que una promesa expiraba y la luna -en silencio-, se deshizo. Al acercarme a prender mi plegaria en el talle de tu cintura, envidié la inocencia de esa criatura que ante tus plantas no temblaba. Pues asistí como por...