Aquella noche, la luna se enredó en mis sueños y, sin decirle nada, comenzó a pintar estrellas en mi azotea. Tenía el trazo fácil, pinceles de espuma entre sus dedos y, con la sonrisa en los labios, la dibujó a ella, tal cual la sueño, tal cual la pienso. Y lo hizo con una piel que nunca he besado. Con unos ojos que nunca se han perdido en los míos. Y vestida como me gustaría desvestirla. La luna abocetó en una noche de suspiros el nombre que de vez en cuando silabeo a escondidas. Y al mirarme, supo que mis latidos aun sueñan con tomarla de la cintura y perderme en la playa de su boca, entre el calor de sus gemidos y el silencio de sus miedos. La luna la dibujó tal cual la veo, tal cual la imagino, tal cual la siento. No hizo falta indicarle nada. Y como la luna me conoce, le perfiló los bordes con un rojo carmín, con un verde esperanza y con un azul cielo que, al mezclarse en el aguaje de sus andares, le darían la fuerza y las ganas de comerse el mundo si ella se lo propone...