Cuando la ciudad se asoma a la ventana de la primavera y ve cómo los palcos se van instalando en torno a su cintura, ella siente que a la Cuaresma le queda un último cirio por fundir. Si prestan atención, ella sonríe por dentro y se agobia por fuera a partes iguales porque de nuevo está en boca de todo el mundo por culpa de miles de sillas y unos cuantos hierros oxidados. Los palcos son una cicatriz en medio de sus entrañas por donde se mercantiliza la pasión, se hipoteca la fe del pueblo “ cristiano-cofrade” y por donde se aborregan las promesas de cada año. Los palcos son el último vestigio del señoritismo de la ciudad; hoy en día, tener un palco es un símbolo clasista donde el pudiente asiste en su parcela de amistades al teatro hilvanado de las cofradías que tienen que mostrar su mejor cara por ese "sambodromo de la fe” donde desfilamos penitentes, pasos y bandas. Los palcos son la pa...