Se encontraron entre la multitud. Se sintieron entre mil voces extrañas. Se miraron como cuando uno mira a un refugio de sangre, piel y cariño. Se acercaron suavemente el uno al otro. Se sonrieron con el nervio en el cuello. Se quedaron inmóviles. Perplejos. Quietos. Se conocían. Se respetaban. Se querian… Y cuando no supieron que decirse, y las lágrimas galopaban por las mejillas y los suspiros lo inundaban todo... acortaron esa distancia y se dieron un abrazo. Pero no uno de esos abrazos que la gente se da por compromiso o por quedar bien con la otra persona, no; fue un abrazo con mayúsculas. Un abrazo de esos donde uno siente fluir la sangre del otro, donde el tiempo se acomoda en los espacios, donde nada importa más que el roce y el latido de los silencios. Un abrazo de esos que te estrujan los huesos y te sientes protegido de las llamas de las impotencias. Un abrazo de alguien qu...