Paseaba la otra mañana mis silencios por Cádiz, cuando clavé mi mirada en el horizonte que ante mí se descubría, y pude saborear hasta el salitre de un mar que porfiaba sin descanso con los vientos. Mientras que las nubes que algún Dios pintaba a lo lejos venían y se iban a paso lento, el sol estampaba caricias sobre las azoteas revestidas de ropa. El cielo era un sueño embebido de abril. El tiempo se perdía por las esquinas. Los espejos reflejaban cenizas, latidos, cicatrices rotas, … Pero si algo hacía diferente aquella fotografía de tiza que ante mí se estaba revelando era la luz que proyectaba la propia luz… Una luz que hace que los problemas de la gente del sur sean los mismos problemas que los problemas de la gente del norte, pero amortiguados por estos lares por la ironía, la risa y el saber atemperar los nervios. Una luz que hace que el dolor que uno siente cuando lo están pisoteando de manera injusta en el trabajo, o en la amista...