Jerez guarda como un tesoro, entre sus muros y callejas, una de esas miradas hilvanadas por la pátina de la dulzura que nos hace entender -al mirarla-, el significado de la palabra amor. Amor por Ella. Amor hacia Ella. Amor entregado, sin remisión y a tumba abierta. Y es que Ella vive deshojando promesas entre piedras mudéjares y ecos de una plaza anclada en el tiempo. Ella acaricia con su aroma a pétalos a todo aquel que va a buscarla una vez que ve la puerta de la Iglesia de San Dionisio abierta. Ella convierte en alegría las penas de cada día, en calma la ansiedad de la noche, en fiesta el rezo. La Pastora de San Dionisio es un ejemplo pasional de entrega a María, sin fisuras, con el corazón latiendo a borbotones y la piel vaciándose en cada beso. Los pastoreños entienden la vida de otra manera, y la vida sería otra si la entendiéramos como la viven ellos. No es cuestión de aceptarlo o no. Es cuestión de respetar su forma de ver el mundo y su forma...