Por culpa del insomnio galopante que el destino me tiene reservado, desde hace un par de meses aprovecho la primera hora de la mañana para calzarme mis zapatillas deportivas y salir a dar una vuelta por los alrededores de mi casa. Después de probar mil remedios caseros para volver a conciliar el sueño, he encontrado en pasear un momento de tranquilidad que ahora mismo no lo cambio por nada. Porque es mi momento para perderme en los silencios de mi ciudad antes de que el despertador de la costumbre comience a cumplir su incomprendido cometido. Porque es el momento en el que las farolas comienzan a apagarse tras horas de vigilancia nocturna, en el que las calles se terminan de colocar, en el que el sol comienza a dibujarse en el horizonte de un nuevo amanecer. Y porque es el momento en el que detengo en seco a la vorágine del día a día de la que me siento preso, y valoro que hubo un tiempo en el que no era esclavo de las redes ...