En las frías noches de invierno, cuando la ciudad busca el calor de los braseros, un calambre y una ilusión les hace buscar del altillo sus viejas ropas de costaleros. Nadie sabe lo que les mueve, pero algo se precipita en sus adentros para fajarse los sueños entre amigos de fatigas, para alpargatear las calles bajo voces de mando, para dar un testimonio silente de fe que va más allá de izquierdos y levantás . Solo ellos y sus almas saben sus motivos arcanos para obedecer, para servir, para llevarnos al Hijo de Dios y a su Madre bendita a rezarle una vez al año fuera de sus altares. Solo ellos y sus molías, o sus costales, se reconocen en sudores, promesas y quimeras que les hace vivir, bajo ese mundo de las trabajaderas, conversaciones con el Dios de sus adentros. Los costaleros son titanes que, efímeramente, dibujan pellizcos sobre nuestras retinas para despertar, para agradecer, para encomendarnos a l...