Ella cuelga sus sueños del cabecero de mi cama. Al llegar la noche, se queda mirándome cómo concilio mis desvelos, y hasta que mi entrecejo no se relaja, ella no se voltea y se echa a dormir. Al llegar el día, ve cómo me alejo de su cintura mientras hago la cama, a sabiendas de que siempre estamos el uno para el otro; ella en una esquina silenciada por la humedad… yo en un pasillo donde los recuerdos son óleos cocinados a fuego lento. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que ella conoce mis pensamientos más oscuros, más limpios, más sinceros… Nunca me ha pedido nada… Y a lo sumo, cuelga de mi cuello un par de días al año, solapando en el tiempo una fe que ella acuna cuando nadie me ve. Su cordón -envejecido y desgastado por el aire de la cuaresma-, se va desenhebrando al compás de mis años; y el repujado de su plata ya sólo brilla cuando la noche se salpica de estrellas, y la estación de penitencia es un suspiro de...