El mes de julio alberga en sus costuras una mirada sonrojada que no abrasa, ni quema, ni morenea la piel, … sino que más bien calma con una brisa de mar la inquietud afónica de nuestras tempestades. Su dueña caligrafía su nombre sobre la orilla de nuestras lejanas playas como Carmen, y todos alguna vez la hemos visto pasar sin hacer ruido entre los aledaños de nuestros rezos. Sabemos de Ella todo lo que Ella quiere que sepamos, sin caer en la cuenta que, tras esos ojos se esconden los desgarros de una madre que calla, que musita abrazos, que eternamente espera que vayamos a verla al tornear la misma esquina de siempre, esa que cada uno de nosotros lleva guardada como una promesa de aceite en algún andén deshabitado de los silencios. Cuando Ella baja de su camarín de ángeles para clavarnos sus pupilas en el fondo latente de esos latidos sin eco que los años va tachando del calendario de nuestras vidas...