Ahora que el azahar florece sin dueño, los ecos de la noche silencian tambores y cornetas, y los rezos no se santiguan en los bancos de las iglesias es cuando nos damos cuenta de aquello que teníamos a la vuelta de la esquina y no podremos descolgarlo del calendario de los sueños. Este año no habrá bullas por las calles. Ni saetas en los balcones. Ni promesas tachadas sobre el iris de las miradas. Tampoco tendremos cebaduras en los pies. Ni cansancios acumulados en los riñones. Ni regresaremos a casa henchidos de felicidad tras vivir en primera persona aquella revirá que una vez nos contaron de pequeño. Y nos faltará descontarle las prisas al segundero. Y guardarnos la estampita de aquel viejo nazareno sin voz que hará de marcapáginas sin duermevela. Y nos faltará pellizcarnos el alma cuando la Esperanza hilvane a nuestros miedos un nuevo amanecer sentenciado de lagrimas y abrazos. Mientras que los cirios callan sus llamas, los zancos se c...