Cuando Tino dejó en una bambalina del Falla su reloj detenido por las emociones, el Dios Momo sabía que su regreso al templo de las coplas sería cuestión de tiempo. Un tiempo que se precipitó por el callejón de las ausencias, por aquella lanza que una noche él sintió cómo le quemaba la razón y por la falta de esos besos que -al consumirse en un adiós eterno- le hizo detenerse en los pasos de su infancia. Es lo que tiene el tiempo, aliados que susurran al oído de qué color son los coloretes que a uno le hace sentirse feliz; y Tino es feliz haciendo carnaval. Por eso ha regresado… Para sentirse feliz. A su manera, a su estilo, a su libertad. Escribiendo lo que su guitarra y su voz hablaban bajito en el lavaero de sus tardes y en el tic-tac de sus silencios, sin más pretensión que desandar el sendero del adiós para regresar a Cádiz… su Cádiz. De ahí esa música de pasodoble, ese tipo abocetado so...