Se ha vuelto a colar el frío por los resquicios de las prisas, y al encender el pequeño calentador del salón de casa, he vuelto a escuchar tu voz recorriendo los pasillos de mi alma. Esa voz tuya que sigue siendo inconfundible a pesar de las lunas apagadas, a pesar de las arrugas del tiempo y a pesar de los cansancios de tus andares. Tengo que decirte que ese calentador sigue siendo de pequeño tamaño, como a ti te gustaba que fuera; que sigue alumbrando con dos franjas rojas la oscuridad de la mesa camilla y que se le sigue cayendo el tornillo de la rueda derecha. Su compañía hace que mis pies entren en calor, como hacía con los tuyos cuando te sentabas en torno a su aroma, vencida por el ajetreo de las horas y el ocaso de la vida. Cierro los ojos y te veo a mi lado, sentada, masticando el ultimo pellizco de pan mientras las estrellas colorean sueños entre susurros de cuentos de hadas. Tal y como me ensañaste, sigo comprobando varias veces que ese pequeño calentador...