Mi amigo Juan es peluquero y pasa consulta durante toda la semana con unas tijeras y con un peine en sus manos allá por la zona sur. Desde que es padre sabe que su vida ya no es la misma, pero mantiene intacto su carácter amable y bonachón que hace que siga siendo buena persona y que yo sea fiel a sus cortes de pelo. Siempre ha existido complicidad entre ambos y me gusta escucharle hablar porque cuando el pueblo habla a pie de calle, el pueblo se mira a sí mismo sin ambages ni celosías. El pasado viernes me resultó duro oírle decir que en esta sociedad tan democrática, tan vanguardista y tan liberal apenas existe la libertad de expresión; y si ésta existiera, la estamos utilizando rematadamente mal Y creo que mi amigo Juan tiene parte de razón. Vivimos en una sociedad que avanza a pasos agigantados pero que, a la par que nos aísla, sigue anclada a esa criptonita que los poderosos, los políticos y los mandamases se guardan en el bolsillo y ...