viernes, 17 de mayo de 2013

Yo no sé quererte así.




Ahora que los caminos que llevan hasta tu aldea rebosan por las marismas plegarias que se anudan al cuello de los peregrinos, déjame que te confiese en la distancia que nos une aquello que nunca he sido capaz de contarte cuando he estado lejos de Ti.

Apenas quedan secretos ya que desvelarte.

Conoces como nadie a que huele la senda de mis latidos; vislumbras en el horizonte la nostalgia de mis atardeceres cuando te pregunto por mis ausencias y sabes -como sólo lo sabe el aire-, que en las orillas de mi carácter se van acumulando los rencores de aquellos que un día me apreciaron.

Tranquila, haré caso de tus consejos y seguiré sin echarles ni cuenta; me estoy acostumbrando a convivir con ello; todo lo contrario a lo que me sucede cuando Pentecostés se asoma por el calendario.

Y es que no me acostumbro a cohabitar con esta moda pasajera que tanto daño te está haciendo cuando veo a tantos rocieros de temporada que solo llevan un par de rocíos sobre sus huellas y que enarbolan la bandera de la auténtica fe en Ti sin detenerse en preguntar a qué dirección manda uno sus rezos.

Y es que no me acostumbro a tener que dar explicaciones sobre mis luces y mis sombras, esas que sólo tu azulejo difumina cuando me persigno al pasar por delante de Santo Domingo.     

Y es que no me acostumbro a tener que escuchar cada año las mismas explicaciones sobre aquello de lo que es el camino o deja de serlo; a ver cuándo se enteran que no hay mayor ofensa que la de sentirse ofendido.     

Sabes que yo no soy rociero, pero en mi memoria hay pasadizos donde se reflejan los recuerdos de tu rostro oponiéndose al miedo, bien en forma de estampa, bien en forma de cordón renegrio, bien en forma de ramillete de romero.

Sabes que yo no soy rociero, pero en mi sien hay sonidos clavados donde se confunden inicios de sevillanas con presentaciones de hermandades al llegar el mediodía del sábado.

Sabes que yo no soy rociero, pero sobre mis dedos aún quedan restos de aquella vez que me abracé con tanta fuerza al frio de tu reja y la sangre rompió a llorar por mi nariz en aquel antiguo cuarto de las velas.   

Y sabes mejor que nadie lo que me está doliendo perder poco a poco a esa niña que solo vive pendiente de Ti; al menos apriétale la mano para que respire otros veintiún y cuéntale cuando la veas que la echo de menos.

Me niego a estas alturas de mi vida a renunciar a tu nombre, a esquivarte la mirada o a perderme en la infinidad de tu gracia, pero yo al menos soy sincero y ante Ti descubro mi alma de cofrade a la que le falta el pespunte de tus mañanas, el festejo de tu llegada o el canto de tus poemas.  

Si aun así  quieres que me pase a verte; si aun así me aceptas como hijo; si aun así eres capaz de perdonarme, sombréame una sonrisa que yo iré a rezarte, aunque yo no sepa quererte como lo hacen los demás.