lunes, 25 de noviembre de 2013

Rebuscando


Al bajar la basura la otra noche volví a verlo.

Entre sus brazos llevaba la hipoteca de un par de cartones, tapaba sus manos con unos guantes roídos por el tiempo y su aliento desprendía la fatiga del primer sorbo dado a un tetra brik de tinto caliente.

Me fijé en su maltrecha espalda, y descubrí unas cincuenta puestas de sol vividas en soledad; presté atención a sus huesos, y oí a la humedad corretear de felicidad por ellos; procuré no pisar su sombra, y sentí a sus zapatos buscar las huellas de un nuevo soportal donde velar los sueños por un par de horas.

En esos momentos pensé que si su piel pudiera hablar, si su llanto se pudiera contener, si su voz se pudiera escuchar,…

Desconozco su nombre, ignoro su historia, no sé de donde viene ni sé hacia dónde va, pero en mis bolsillos guardo su melancólica mirada, esa que andaba rebuscando algo que llevarse a la boca entre los contendedores de basura como si fuera una rata de vertedero.  

Abría y cerraba cada biombo con la maestría y el ingenio de un ladrón de guante blanco. Apartaba con suma facilidad lo caducado de lo aprovechable. Maldecía a regañadientes entre los desechos de los que nos creemos mejor que él porque tenemos aún la suerte de anudar una simple bolsa de plástico.

Quizás nos resulte más cómodo mirar para otro lado cuando nos hablan -o hablamos- de solidaridad; quizás nos creemos mejores personas – hasta más humanos- cuando ayudamos a los que viven y sufren alejados de nuestras fronteras; quizás sea esta época del año la que nos obliga a ser buenos con el prójimo cuando el resto de los meses caminamos sobre las cabezas de los demás.

Yo todavía no tengo que rebuscar entre las miserias de los demás para poder vivir, pero de ser así,… ¿hacia dónde mirarías?

lunes, 18 de noviembre de 2013

Calentando motores


De nuevo noto su presencia cerca de mí.

Le está costando más trabajo que otros años llegar, pero su aroma, esa esencia que desprende su cintura, ese danzar de puntillas sobre el alambre del consumismo, ese desgarro en forma de villancico de la tierra, son huellas que sólo ella sabe dibujar en el tiempo.

Durante años caí en la trampa de su letargo, en el abrazo de su llegada, en el sonrojo de su mirada; al marcharse me prometía esperarla en la vuelta de la esquina, pero antes me sorprendía, acariciando mis mejillas con los primeros fríos de la noche.

Aunque este año ha sido diferente…

Al detener el coche a la altura de lo esperado, allá por los medios de Cristina, la he visto empaquetada y entre vallas, no vaya a ser que se arrepienta de haber venido, no vaya a ser que se escape de entre las manos de los que aún tienen que exprimirla, tomando su nombre en vano.

Y de aquí a nada su presencia se desbordará.  

En cuestión de horas se irá acomodando en los probadores de los escaparates, allá donde la falsedad se queda a dormir, allá donde la luna nos devuelve reflejos de lo que no somos, allá donde la ilusión se esconde entre las lágrimas de los que no tenemos nada que perder al cerrar los ojos.

Y antes de que nos demos cuenta, habremos caído en sus garras, al ver el alumbrado de las calles, al leer los primeros mensajes, al despedirnos con las buenas intenciones, al hojear revistas de juguetes,…

Dicen que es el encanto de la Navidad, esa pátina que algunos utilizan como maquillaje antes de salir de casa para ocultar su verdadera piel, ocultando su maldad, su odio, su mala baba.   


Allá en el horizonte ya se oyen los tambores de la hipocresía calentar motores. 

Que Dios nos coja confesaos.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Sueño cumplido


El pasado sábado el Teatro Villamarta apenas pudo conciliar el sueño, pues cada vez que cerraba las bambalinas para descansar veía en escena el rostro de felicidad de un “popero andaluz” que de pequeño escuchaba a los Beatles y que, por cosas del destino, vive en Madrid pero tiene la veleta de sus pulsos mirando hacia el sur.

Éste se presentó elegante, con una corbata negra que de seguro su madre habrá guardado entre barcos de papel y pétalos marchitos, pues lleva cosida a sus costuras el aroma de la satisfacción al sentirse - al fin-, profeta en su tierra.

Y lo hizo precisamente ahora, cuando Otras Vidas, el último aliento salido de su corazón, comenzó a dar sus primeros pasos en nuestra tierra, en nuestra casa, en su casa, esa que tuvo que ver cómo su música se vendía un día para no volver.

Les hablo de David de María, ese jerezano que correteaba de pequeño por San Miguel y  que se perdía por la calle Cantarería, ese que lleva por bandera, en sus caminos de ida y vuelta, su amor innegociable hacia su tierra, ese que con la guitarra al hombro sigue perfumando soledades.    

Aquella noche pude escuchar a qué suena tu rio, cómo respira tu sonrisa, a qué suenan tus desgarros, y sentí, desde el patio de butacas, cómo un amigo alcanza sus sueños.

Aquella noche cautivaste tus miedos, abriste de par en par el eco de tu voz, le susurraste a Jerez que era preciosa, que era tuya y conseguiste, sin saberlo, sin proponértelo, que sus fronteras se encelaran por no tenerte cerca.

Aquella noche no quisiste problemas, y aunque terminaras cansado y malherido, encerraste para siempre, entre lazos de eclipses y desaires, tu talento, tu voz, tu arte.  

Sólo te pido, querido amigo, que nunca dejes de cantar y que nunca dejes de ser ese loco enamorao.

Felicidades.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Enjaulados


Cuando el sol se despereza de su letargo, cuando de golpe planta sus pies fríos sobre el silencio de la oscuridad, cuando se llama a sí mismo para corretear por entre las azoteas con ganas de terminar de secar las ropas del día anterior, éste comienza a dibujar sus primeros rayos de sol de manera tímida, apocada, casi de puntillas para no despertarnos de nuestros últimos sueños con la danza de sus rayos.

Es curioso. Gracias al “Dios Ra” el ser humano puede calentarse, puede broncear su piel, puede enmarcar sus pulsos y sus emociones,…  puede vivir en definitiva, pero a veces, éste nos habla rompiéndose la garganta y apenas no damos cuenta de sus palabras.

Y esto es algo que, cada vez con más frecuencia, nos está pasando.

Siempre rondó por mi cabeza la premisa de que el ser humano estaba creado, o surgió porque alguien así lo quiso, o somos producto de un sueño que se desvelará cuando cerremos los ojos,… para vivir en sociedad, para no aislarse, para compartir la vida con sus otros semejantes, buscando el sosiego a sus problemas en el roce de otras pieles que sienten el dolor de igual manera cuando son pellizcadas, al cobijo de un sol que dibuja atisbos de esperanzas en el horizonte, pero de un tiempo a esta parte…

De un tiempo a esta parte todo esto está cambiando. Las calles andan desiertas. El miedo se queda a dormir en las farolas cuando éstas se encienden, y apenas te encuentras a niños jugando en la calle con la libertad que da una simple pelota y un par de amigos.

Nos guste o nos guste, ahora vivimos para adentro, conectados a energías que alimentan la cara oculta de nuestros ombligos.

Ahora somos presos de la luz artificial de televisores cada vez más grandes para que nos acojan con mayor fuerza y no nos escapemos; tenemos teléfonos móviles que cada día que pasa más nos encadenan y amordazan a juegos y aplicaciones para que dejemos de pensar por nosotros mismos; caminamos esclavizados a pantallas de ordenadores que trazan nuestros perfiles sociales en redes que nos hacen vivir una vida que no es real, que es artificial, pero que nos importa más que la nuestra propia, por el recelo al qué dirán, a cuántos “Me Gusta” consigo, a cuantos retuits, y que, a diferencia de la de verdad, no sufre moratones y cicatrices.

Ésta vida ficticia tiene una gran ventaja: a la derecha tiene un botón que nos permite abandonar - y abandonarnos-, cuando leemos, oímos o escuchamos algo que nos apetece leer, oír o escuchar en ese momento.

Quizás el primero que tenga que mirarse en este espejo y leerse varias veces este escrito sea yo, que con la excusa de “yo solo utilizo todo esto para trabajar”, leo mejor con las yemas de los dedos que con los labios, y echo de menos el contagio de unas risas, de unos abrazos, de unos amigos,…

Y al final el sol va a tener razón, y a través de sus sombras nos está diciendo, claramente, que estamos enjaulados.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Halloween


Cada cierto tiempo el ser humano cae en las redes del modismo y del miedo, quizás para no verse señalado, quizás para no verse excluido de esta sociedad carente de personalidad, volviendo a demostrar su borreguismo hace un par de días con la fiesta de Halloween.

Una fiesta que se cuela en el calendario con el mismo patrón que lo hace la del Día del Padre, la del Día de la Madre, la del Día de los Enamorados,… y con los hipermercados y los kanitos de turno como verdaderos valedores de la misma, por el bien de sus arcas y en detrimento de nuestras carteras.

Como buena fiesta comercial, ésta presenta dos bandos: a la diestra tenemos a sus defensores y a la siniestra tenemos a sus detractores.

Y es este último bando y las ganas de hacerse oír, con argumentos banales y partidistas, lo que me irrita de esta fiesta, sobre todo los que tienen alguna vinculación con el mundo de la Iglesia. 

Una Iglesia que, mire usted por donde, creo que tiene reservado en el calendario algunos días para su uso y disfrute, y que apenas hace negocio con el tema de la muerte llegado el Día de Todos los Santos, ¿verdad?  

La respuesta de alguno católico ofendido es previsible, pues me dirá que no vaya a comparar el mofarse de la muerte con el hecho de dar cristiana sepultura a nuestros familiares.

Pero yo no comparo, simplemente pido coherencia a esta Iglesia, y a sus católicos de boquilla, para que dejen de mirar la paja en el ojo ajeno y comiencen a preocuparse de los cimientos de su podrida viga, comenzando con el detalle de prohibir en algunos colegios concertados religiosos esta celebración, o al menos que cuando disfracen a sus niños y niñas, tengan el detalle de descolgar el crucificado de la pared.

Estoy seguro que Jesucristo se lo agradecerá.