domingo, 24 de abril de 2016

Seguir viviendo..



La vida tiene una forma curiosa de decirnos las cosas. A su manera, ella deja que vayas escribiendo el día a día de tu historia hasta que una tarde te toma del brazo y sin decirte nada zarandea todas las costuras de tu piel.

Tras este abrazo de realidad, en ti está el levantarte o el seguir con los pies hundidos en cenizas.

Ella solo hace que te detengas en el camino, que te sientes a respirar en un banco y que abras los ojos a lo que realmente importa, acorralándote a preguntas y dudas.  

Así es la vida, la única que te puede ofrecer la posibilidad de seguir viviendo…

Todos hemos fracasado alguna vez. A todos nos han roto por dentro las ilusiones y las miradas. Todos echamos de menos voces y silencios, pero seguimos vivos, seguimos respirando, seguimos caminando… y esto es gracias al antojo de la vida.

¿Quién no ha tropezado con alguna piedra?

¿Quién no se maldice por haber besado labios envenenados?

¿Quién no tiene cuentas pendientes con el destino?

Pero hay que sacudirse el polvo de la batalla después de cada batalla y agarrarse a aquello que nos quede por vivir como si mañana no hubiera mañana.

Por eso el sol vuelve a brillar en cada amanecer, nuevas nubes pintan los mismos cielos y nuevas manos te ayudan sin buscar nada a cambio a que sigas en pie, ahogando los miedos cuando no te crees ni la mitad de las cosas que a media voz te susurra al oído. 

Por eso siempre hay un sueño que perseguir, un viaje pendiente por hacer, una locura a la que darle forma con la banda sonora de las risas como telón de fondo.

Por eso siempre hay un brindis que elevar al cielo, una sevillana que bailar en la próxima feria, un nombre que guardar en algún rincón del alma y que al recordarlo te hará sentirte menos solo.

No importa la edad que tengas. Ni las cicatrices. Ni el qué dirán.

Cuanto más tiempo pases sin vivir, antes se te habrá escapado la vida, y luego vendrán los lamentos, las lágrimas, las culpas... y nada podrás hacer. Y nada podremos hacer.


Tatúate esta frase en el alma y léetela cada vez que pestañees... “no hay nada mejor que estar vivo para seguir viviendo…”

domingo, 17 de abril de 2016

Mi compañera Gloria


         La profesión de maestro es una de esas profesiones que la sociedad se encarga de ir denostando y pisoteando cada primavera y de la que todo el mundo opina aunque vomite faltas de ortografía por la boca.

Os recuerdo que las puertas de la Facultad de Educación están abiertas y se permite la entrada a todo el mundo.  

A mí no se me caen los anillos al afirmar que soy maestro. Y lo soy y tengo la suerte de conocer a una de esas maestras que engrandecen con su trabajo y su entrega la palabra Educación.

Como profesional ella representa todos los valores que la fundadora de los colegios Jesús-María supo y quiso trasmitir a sus alumnos. Pero como persona es inigualable subrayando el dicho aquel del maestro nace no se hace.

Madre de una familia que la adora, hija entregada por los que están y por los que ya tuvo que decir adiós, compañera sincera y fiel, en su mirada lleva marcado entre tizas de colores lo que un buen maestro debe de ser para con sus alumnos, sus padres y sus compañeros.

De vez en cuando me paso por su clase para ver cómo está porque reconozco que la echo de menos en el día a día. Más de lo que ella jamás pudo soñar. Más de lo que yo mismo pude creer.

Y es que cuando te encuentras con alguien que te ofrece su mano,  sus consejos y sus confidencias mirándote a los ojos nada malo puede pasar aunque llueva con fuerza.  

Sus actuales compañeros de etapa aún no saben la suerte que tienen de tenerla cerca. Sabed que os envidio.


Querida Gloria, gracias por todo lo bueno que en su día me diste al trabajar a tu lado, y gracias eternas por todo lo bueno que me vas a seguir dando mientras juntos sigamos tirando del hilo.

domingo, 3 de abril de 2016

Me quedo contigo..


Puede parecernos mentira, pero hace ya una semana que no se oyen rumores de tambores en la lejanía y las puertas de las Iglesias sólo se ven inundadas por el arroz de las bodas y no por los nervios de las esperas.

Es lo que esconde en sí la llamada de un Dios que envuelto en maderas y barnices decide salir a la calle a vernos la cara.  

La ciudad se ha quedado en calma, las conversaciones en las terrazas se conjugan con los verbos en pasado, y las nostalgias se adueñan de los latidos y los cansancios.  

A mí aún me duelen los pies, tengo periódicos amontonados por los rincones de casa y ahora comienzo a vivir esa otra “semana santa” que me dura todo el año y que me hace más fácil sobrellevar el peso de mis días.     

Se me antoja difícil resumir en un par de líneas todo lo que esta semana me ha aportado, pero déjenme quedarme con las miradas que provocó a su paso ese suspiro de Dios al que muchos siguen hincándole el diente, tomando su nombre en vano y enarbolando banderas y guerras injustificadas y cobardes.

Déjenme que me quede con las bolas de cera de los niños, con el revuelo de las capas recién estrenadas, con las estampitas que me iban dando y se iban amontonando en los bolsillos de las chaquetas.

Y déjenme que me quede con las lágrimas que no pude contener cuando le vi la cara al dueño de las duquelas del tiempo después de siete años, con esas calles en las que una bulla sorteaba rezos, con esos instantes en los que los hilos del alma comenzaron a ensartar abrazos y esperanzas.    


Soy cristiano y cofrade por la gracia de Dios, y no me avergüenzo de ello, por eso permítanme que después de una semana me siga quedando con Él.