domingo, 25 de mayo de 2014

Cada cuatro años


Todos los europeos mayores de dieciocho años estamos llamados a las urnas hoy domingo con la finalidad de votar a centenares de eurodiputados entre los distintos grupos parlamentarios.

No me pregunten para qué sirve un eurodiputado, pero a lo largo de estas últimas semanas los candidatos a vivir de ese cuento -esta vez en la vieja Europa-, han estado de campaña electoral en busca de nuestro voto, mendigando para ello promesas, suplicando ofertas irrechazables e implorando indicios de que con ellos la cosa puede y debe de ir a mejor.

Entre las premisas más aplaudidas por esos que van a los mítines a ondear banderitas ha estado la de crear empleo; creo que ninguno de esos que salen de figurantes en las fotos han saboreado el olor de una cola del INEM.

No suelo mancharme las manos hablando de política, es más, me asquea todo lo que tiene que ver con ese mundo corrupto y podrido, pero cada vez que me piden el voto me hierve la sangre.

Razones tengo para dar y regalar…

Por sus actuaciones estos señores dejan claro que el político nace, y que con el paso del tiempo se deshace: así, puede hacerse más rico, puede hacerse más sinvergüenza, puede hacerse más chorizo,…

Por sus discursos vacíos y sus miradas infectadas de dinero, de poder, de ambición,… se muestran al final del camino como miembros de una misma jauría de la cual antes podíamos distinguir sus collares, ahora ya no somos capaces ni de eso.    

Por su capacidad innata para engañar, traicionar, disfrazar una realidad que dista mucho de la que usted y yo vivimos en nuestras casas; será que las ventanas de sus amplios despachos tienen los cristales aún tintados.

...

Qué pena de cobardía y de no enseñar los dientes para cambiar de raíz las cosas; si de verdad fuéramos valientes… otro gallo nos cantaría.

domingo, 18 de mayo de 2014

Vivir con miedo


De un tiempo a esta parte camino por los días con el sobresalto de vivir con miedo.

Sin saber muy bien por qué se ha apostado en mi mente esa sensación animal de pavor, de recelo, de alarma,… y temo que con el paso de las horas el miedo me vaya ganando la batalla y sea el último vencedor de este envite mientras yo tenga que ondear al viento la bandera blanca de los suspiros.

No le pongo cara. No le pongo voz. No le pongo mirada, pero lo siento cerca de mí cintura, con el cuchillo entre los labios, perfilando el borde de mis alientos y esperando el tropiezo de alguna de mis huellas.

Cuando la luna arranca besos a destiempo y los gatos se juegan la vida haciendo equilibrio entre tejados y jardines, suele esperarme agazapado en el surco que dibujan los sueños, esos que de niño perseguía y hoy se agarran con uñas y dientes a la esperanza de que alguna tarde este escribano apueste de nuevo por ellos.

Cree conocer mis puntos débiles, y le gusta dejarme mensajes escritos sobre las sábanas al llegar el alba; por suerte aún no se ha enterado que me gusta quedarme dormido en el sofá para aspirar las gotas que de vez en cuando me regala mi aire.

Le escucho frotarse las manos cuando cierro puertas y ventanas; cuando giro la cabeza y huyo de sombras y saludos; cuando lloro con el corazón en un puño porque ya no puedo tirar más de mis hilos; cuando vuelvo a dejar en el tintero lo que mi alma me cuenta, me dice, me susurra,…  

Alguien me dijo hace tiempo que tenía que pensar más en mí para poder enfrentarme a mis miedos… 

Hoy he hablado de él en este rinconcito, dando el primer paso para poder vencerle… 
¿me ayudas a dar el segundo?

domingo, 11 de mayo de 2014

7 días de Gloria



Alcanzar la gloria en vida se nos presenta como algo imposible excepto cuando el calendario remarca por sus costuras que la Feria del Caballo viene galopando a lo lejos.

Entonces las fronteras de Jerez se abaten en retirada para poder cumplir la promesa que un día le hizo a la primavera de tomarla por la cintura cada vez que rondáramos el mes de Mayo, sacándole los colores al son de unas sevillanas, sobre un albero de sueños y una bóveda de luces.

Para tal ceremonia engalanamos el pulmón de nuestra ciudad, ese latido olvidado que esconde nostalgias y piedras por sus calles, y desempolvamos de los altillos lunares, mantoncillos y peinetas del ayer, sabedores éstos de su pasado y de su suerte, pues son felices cuando regresan a casa envueltos en manchas de barro, alegrías y fino. 

Las puntadas de los volantes le van esculpiendo piropos a la tarde; los flecos se apoderan de los suspiros en cada baile; cada coche de caballo es una sinfonía de olores; el tiempo - ese convidado de piedra -, crece despacio, aletargado, adormecido, pues él quisiera arrancarle a cada caseta un beso de buenas noches e irse a descansar con ese recuerdo perfumado entre sus labios.   

La ciudad, tras esos muros - y en siete días -, se relame de sus heridas, se olvida de sus impotencias, aparca sus problemas en los aledaños y abre sus brazos de par en par a todo aquel que quiera sentirse abrazado, regando de un buen canasta cada nueva mirada.

No precisa invitación para entrar. Simplemente busque un espejo y póngase guapo, déjese llevar por el aire de la calle, empápese de su ambiente, respire por su entramado y piérdase por sus recovecos, su pasión y su alegría.


Al caer rendido por el sueño, sabrá lo que se siente al haber alcanzado la gloria en vida.


Nota: idea original de Manuel Montero, y realizado por un equipo formado por Jesús Gómez, Carlos Santos, Mauricio Meynet, José Melero, Rodrigo Melero, Manolo Gil y Sonia Herrera. 

domingo, 4 de mayo de 2014

Mi viejo barrio


            En este idilio constante que mantengo con mi destino, él sabe mejor que nadie -porque así se lo he dicho-, que cada vez que pierdo una batalla suelo regresar a mi viejo barrio buscando lamerme las heridas.

Adosado cerca del centro, con la sencillez por bandera y sin puertas que lo protejan, es allí donde mis raíces se hundieron para formar todo lo que hoy creo ser.  

Cuando llego a esa casa donde mis primeros pasos echaron a rodar, con la luna dibujando sueños de barriada, recorro las mismas calles en las que de pequeño solía corretear tras una pelota, insistía en soltarme de manos sobre una bicicleta, o esquivaba mis miedos al pensar en hacerme mayor.

Cierro los ojos y veo danzar de puntillas sobre mi piel la mirada de aquel amigo buscando un cómplice para construir castillos en el aire; de aquella niña que soñaba cada tarde con bailar sobre tacones por medio mundo; de aquel tímido compañero de viaje que, prendado de un imposible, agachaba su cabeza cada vez que escuchaba a lo lejos a unos rizos perderse entre los callejones.

Me gusta sentir esa suave sonrisa dibujarse en mi cara al encontrarme aun las pequeñas sombras de mis cicatrices pintadas sobre un asfalto cansado y envejecido.

Me gusta ver a mis vecinos sacar en verano sus desvencijadas sillas de playa para esperar que el fresquito de la noche alivie la pesadez de su día a día.

Me gusta saludar mirando a los ojos a aquellos que crecieron junto a mí y que a estas alturas no se avergüenzan de crecer donde crecieron.  

Quizás le falte solera, le falte historia, le falte quererse un poco más a sí mismo,…

Me siento orgulloso de dónde vengo, de hacia dónde apuntan mis pisadas y, sobre 
todo, de saber quién soy.

Sé que mi viejo barrio tiene mucha culpa de esto.