domingo, 27 de septiembre de 2015

De manera silenciosa...


En un par de días, el mes de los inicios, el de las agendas escolares y el de la vuelta a la rutina será un recuerdo más sobre nuestra piel, pariendo en su último aliento un nuevo otoño por descubrir.

Se trata del mes de septiembre, ese alfa y omega donde tantas cosas mundanas empiezan a escribir su propia historia.

Siempre en boca de todo el mundo, sobre el horizonte de su llegada uno puede leer la caricia de nuevos retos, de nuevos compromisos, de un querer cambiar la actitud para enderezar los renglones torcidos de nuestro día a día.

Y en medio de esa amalgama de días y de esperas, de forrar libros nuevos y de entender que nos vamos haciendo mayores a pesar de nuestro espíritu de niños, por un rendija del calendario se nos coló la festividad de la Patrona, el Día de la Merced, una fecha marcada a fuego con la tinta roja del descanso y en el que un Madre con la cara tiznada de rezos volvió a echarse a la calle para repartir bendiciones con su sola presencia.

Elegante, portentosa, sincera… así pudo encontrarla todo aquel que fuera a su encuentro -este año sin su templete-, dejando un susurro sobre nuestras conciencias para que entre todos evitemos que su casa, la casa de todos los jerezanos, se nos caiga a pedazos.

Yo fui a buscarla en el ocaso de la tarde, cuando el sol se asomaba de puntillas sobre la lejanía sin ganas de despedirse de Ella.

Yo fui a rezarle al pespuntarse sobre el cielo las primeras sombras de la noche.

Yo fui a guiñarle un ojo como señal de que sin el faro de su mirada, mis torpes huellas caminarían a la deriva de las dudas, de las preocupaciones, de las vacilaciones,…

Y Ella me volvió a conquistar, diciéndomelo todo de manera silenciosa…


domingo, 20 de septiembre de 2015

No me gusta...

Dentro de pocas semanas, la red social Facebook pondrá como opción a los estados el botón de no me gusta, junto a los ya conocidos me gusta, comentar y compartir.

Yo cambiaría ese no me gusta por un “qué mal bajío”, “malas puñalá te den”, o “teskiya chavea”.

Dice el dueño del cortijo que con esta idea no busca discusiones polarizadas, sino manifestar la empatía con algunas experiencias en las que un “me gusta” no es la respuesta más apropiada; ese chaval no sabe dónde se está metiendo… o lo sabe demasiado bien.

Aprovechando la coyuntura, a mí no me gusta el presente que me está tocando vivir.  

No me gustan esos maestros liendres que de todo saben y de nada entienden.

No me gusta ver la lista de contactos de mi teléfono llena de números de personas que jamás me llamarán… y a las que probablemente yo tampoco les llame; nos pudo el orgullo y perdimos algo más que la amistad.

No me gusta esa gente que van por la vida adoctrinando con su credo de moralidad, fiscalizan verdades y enarbolan banderas con tintadas de envidias.

No me gusta esa gente que apoyan su altanería sobre el muro de la espera, rencorosas por naturaleza y que se acostumbraron a que nosotros recorriéramos el camino para ir a verlos; no merecen la pena.

No me gusta esa gente que sólo se acuerdan de uno para pedir favores; no me gusta la gente falsa e hipócrita; no me gusta la gente cobarde y sin personalidad.

No me gusta la gente que se queja por todo; se levantan forzando a que el pie izquierdo llore desde bien temprano,… y consiguen amargarles el día a los que están a su alrededor.

No me gusta la gente sin actitud… y no me gusta la actitud de mucha gente.


Al final me va a gustar el botoncito…

domingo, 13 de septiembre de 2015

Tira del Hilo


El curso escolar acaba de comenzar a dar sus primeros pasitos por el mes de septiembre, y el objetivo que se nos plantea este año desde los colegios y escuelas infantiles de Jesús-María no es otro que “Tirar del Hilo”.

Una frase que se puede aplicar no sólo al mundo de la educación, sino que es extensible a cualquier otro ámbito de nuestra vida.

Porque en definitiva, el ser humano se presenta como una madeja de preocupaciones, de inquietudes, de miedos; de momentos felices, de risas y lágrimas, de latidos inolvidables; de bienvenidas, de despedidas, de sueños por perseguir;…

Tirar del hilo es una metáfora en sí misma de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser.

Pero, ¿quién no esconde en lo más profundo de sus costuras ese secreto que desvelamos sólo cuando la confianza se hace presente delante de nosotros sin apenas pronunciar palabra?

Y esa parte del objetivo es la que me gusta, ya que nos invita a que tendamos la mano en ayudar a los que están más cerca de nosotros, esos que conforman realmente nuestro día a día, y dejemos a un lado el egoísmo que nos aprisiona dándonos un poquito a los demás.  

Tiremos del hilo siempre que veamos a alguien con la mirada perdida, cuando las huellas que va dejando marcadas tras de sí sean tristes, cuando sus ojos sólo vean nubarrones de impotencias.

Tiremos del hilo cuando veamos que alguno de nosotros necesite un abrazo, un simple beso en la mejilla o la única solución posible sea romper una ventana para que por ella entren nuevos aires.  

Tiremos del hilo cuando lo necesiten nuestros amigos, alumnos, familiares,…la vida es un regalo que a veces comienza a florecer cuando nos deshacemos del nudo que no nos deja respirar.   


Y recuerda, al ayudar a alguien nos estamos ayudando realmente a nosotros mismos.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Perdónanos...



El cuerpo sin vida de un niño de tres años aparece varado en la orilla de una playa turística turca. Viste una pequeña camiseta roja que jamás volverá a ser envuelta en manchas de chocolate y las olas golpean en silencio un diminuto pantalón azul que se ha quedado con las ganas de ver a este inocente crecer.

A escasos metros de esta dramática escena, un policía -incrédulo ante lo que está viviendo-, se acerca hasta él para socorrerlo con la esperanza de que aún se pueda aferrar a un hilo de vida.

Demasiado tarde.

La barbarie humana ha vuelto a hacer de las suyas y ha firmado -con la sangre de esta inofensiva criatura-, un nuevo capítulo para enmarcar de nuestra mezquindad humana.

Pero esta vez tenemos una fotografía que ha recogido su último aliento, convirtiéndola en el símbolo del drama de miles de refugiados y despertando la voz interior de nuestras conciencias.  

Aunque algunos al verla hayan hecho lo que hacen siempre que se les muestra el horror y el salvajismo de nuestra raza: mirar para otro lado; los que hemos tenido agallas para detenernos en ella un par de segundos, masticamos impotencias y nos echamos las manos a la cabeza pensando si no habremos perdido el norte.

Pequeño Aylan, perdónanos, porque me temo que tu muerte habrá sido en balde; has zarandeado al mundo durante un par de horas, pero el mundo está demasiado pendiente de la Merkel, de la portería del Madrid, de la Panto y de la Esteban,…  

Pequeño Aylan, perdónanos por haberte arrebatado la infancia, las risas, tu primer beso; por no dejar que descubrieras que la vida es un regalo que se nos presenta sin envolver; por impedir que en esa playa levantaras castillos de arena… y no la fosa de tu propia tumba.    

Y pequeño Aylan,… allá donde estés… perdónanos porque no sabemos qué estamos haciendo.