domingo, 12 de febrero de 2017

Un eterno hombre COBARDE... y sus ETERNOS hombres bonitos



Cádiz, ven.. déjame que te tome de la cintura para dar un paseo por la orilla de tus susurros, y permíteme que dibuje sobre la caricia de cada ola la historia de un niño que se hizo grande entre cobardes y milagros.

Prometo que no te entretendré mucho..

Sé que llevas unos días cosiéndole al atardecer sombras y ecos donde los suspiros pedirán perderse entre tipos y coloretes; sé que estas sacándole brillo a los zaguanes de las casapuertas para que las voces que hablan por ti contagien de vida a propios y a extraños; sé que te están dejando reluciente ese castillo de papelillos donde las ilusiones se maquillan con esperas y nervios;… pero yo necesito contarte la historia de uno de los tuyos.

Así que, descálzate y ponte cómoda..

Se trata de uno de esos requiebros al que tú le distes la vida -un mes de febrero-, y que nació con el don de quererte y de llevarte entre sonrisillas por todos los confines del mundo.

Se trata de uno de esos locos de atar que doremifalosean por tus calles y que bajo los acordes de sus circunstancias te canta nanas para que te quedes dormida entre sus brazos.

Se trata de un miserable que en la trinchera de sus latidos cuenta piropos, calabazas y amistades perdidas… pero al que le faltan dedos para recontar premios.  

Ya sabes de quien te hablo, ¿no?..

Pero Cádiz, léeme con calma los labios.

Estos premios de los que te hablo viven alojados en el respeto, en el cariño y en la admiración que tantos y tantos y tantos seguidores le tenemos a alguien que se apellida El Niño y dice llamarse Martínez Ares.


Premios que se quedaron a vivir unos cuantos años en el altillo de las nostalgias y que una ventolera de trece años hizo que recobrarán vida en las gargantas no solo de hombres escogidos, sino en la batalla que cada día miles de aficionados tienen en sus propias casas y que no entenderían cómo siente el mes chiquito sin las uñas y dientes de una rumba de fuegos envenenados.

Cádiz… sabes que te amo.

Qué eres mi refugio y mi paraíso. Mi pasión y mi locura. Mi acierto y mi desvelo…

Pero si te quiero como te quiero y te necesito como te necesito es por culpa suya, ya que yo mismo he sido un pirata que cada tarde ha surcado las entrañas de tus calles en busca de un mar de carnavales.

Yo mismo me he creído que era un revolucionario al cantar historias de amor con una venda en los ojos por ti.

Yo mismo me pierdo en ti y en ti vuelvo a encontrarme cuando el sol se aleja de tu mirada y un brujo se despide de él canturreando coplas cocinadas bajo el caldero de un pito de caña.

Cádiz, por culpa de ese último romano nacido en el barrio de Santa María yo soy de ti, y soy de él, y soy preso de tu carnaval,… 

Así que, para uno que te cuida, cuídamelo.

Para uno que te quiere, quiérelo.

Para uno que te enamora, enamóralo.  

Deja que te cante, que te diga, que te zarandee a su manera..

Niégale el premio de tus labios cuando se equivoque,.. pero arrópale el alma cuando te desarme por dentro; sabes que cuando eso pasa, tú misma pintas sobre la arena de tus amaneceres el cosquilleo de su nombre.  

Así que, haz que poco a poco se olvide de ese manojo de llaves que un día silenció el mar de sus coplas, y ve murmurándole al oído que su legado es eterno.


Al igual que tu luz, tus sombras, y tu febrero… y al igual que su última comparsa escrita por y para Ti: La Eternidad.


NOTA: Artículo piblicado en el NÚMERO 1 de la revista el PASACALLES de Carnaval.
www.elpasacalles.es