viernes, 22 de febrero de 2013

De bien nacidos...


Conservo en una de las estanterías de mi casa una caja de zapatos donde suelo acumular recuerdos, fotografías, miradas,… huellas al fin y al cabo por donde mi voz en algún momento clavó sus talones y donde algunas lágrimas aún esperan ser enjugadas para que el viento las seque.

Es una simple caja de cartón, de esas que el tiempo modela con sus yemas en forma de humedad y a donde me gusta acudir cada vez que miro hacia atrás y la niebla me impide ver cuál es mi destino.

Y quizás el destino, ese que a veces maneja sus hilos al antojo de otros, haya tenido la culpa de que hace unas horas haya vuelto a abrirla.

Necesitaba aspirar ese olor a rancio, absorber esas arrugas que han hecho de mí el hombre que hoy soy, inhalar ese aire que aún conservan los sueños cuando sus reflejos siguen envueltos entre papeles de celofán y nostalgias, y pasear, vagar, caminar de puntillas por esos trazos perfilados al caer los años y verle la cara a esa vieja aspiración que en su día tuve de ser periodista.

Surgió como un amor adolescente. Nos podía la pasión y nos devorábamos en cada clase, en cada tutoría, en cada examen que aquel año tuve para que alguna primavera lejana ella y yo pudiéramos dormir  juntos en la misma cama, taparnos con la misma sábana y ser la última mirada que la luna viera al marcharse de cielos que no le pertenecían.

Pero la espera nos fue minando a los dos. La desilusión de aquella nota de corte rompió en mil pedazos esa cuerda que nos unía en silencio, y aunque la he perseguido, buscado y ansiado, jamás he disfrutado de una oportunidad, quizás por carecer de padrino, quizás porque mi apellido no tiene solera o quizás porque valoro más mi libertad que el tener que someterme al yugo de los favores.     

Hasta que hace uno días…

Unos osados pensaron en mí para que sostuviera entre mis brazos un micrófono y contara –os contara- lo que iba viendo, lo que iba escuchando, lo que iba sucediendo entorno a mí alrededor de un certamen de coplas que durante una semana me ha devuelto la sonrisa, me ha hecho sentirme el periodista que en su día quise ser y ha hecho que sosiegue mis pulsos para seguir viviendo la vida que me ha tocado vivir.

No sé cómo se puede agradecer con palabras ese soplo de vida que a este jerezano le habéis insuflado cuando más lo necesitaba.

Al grupo humano que se escondía tras la realización y las cámaras, gracias;  a vuestros familiares que me han acogido en vuestras meriendas, gracias; a ese “jefe” del que tanto quiero aprender para que mi fe no tambalee, gracias; a Pedro y a “Riverita” por compartir horas y comentarios siempre con alguna que otra sorpresita en sus labios, gracias.

Y sobre todo, GRACIAS Javi, mi compañero y mi amigo Pastor, porque has hecho sin darte cuenta que cada vez que vuelva a cerrar esa caja ese ansiado recuerdo tenga al fin el lugar que le corresponde. 


viernes, 8 de febrero de 2013

Ponme dos coloretes



Tengo una vecina en mi barrio que cada vez que los pitos de cañas y las máscaras se apoderan del mes chiquito sentencia –eso sí, cruzándose la bata- que el carnaval es una fiesta conformada por gente chabacana y ordinaria para un pueblo ordinario y chabacano.

Creo que una vez tuve la ordinariez de contestarle, y la respuesta que me soltó tras esa atalaya de chabacanería que esconde en esa bata fue tan absurda que en menos de un minuto se retrató ella sola; con marco y todo.

Tras vivir aquel “esclarecedor” episodio me hice la promesa de que nunca más alzaría una bandera empolvada de purpurina para defender -desde la distancia y el cariño-, al carnaval y a sus gentes, puesto que el carnaval por sí solo ya tiene defensa suficiente cada vez que alguien entona una copla por lo bajini, bien sea en la ducha, bien en el coche o bien cuando se está compartiendo risas o penas con los amigos.

Lo llamativo del asunto es que con los años me ido encontrando por el camino a más personas que son de esta misma opinión, y aunque no entienden nada de los entresijos del 3x4 no dudan en calificarlo de soez, burdo, vulgar,… En fin.

Pero lo que me resulta más curioso de todo esto es que este tipo de “personajes” tienen la necesidad imperiosa de manifestar su opinión, se la pidas o no, sentando cátedra en sus tristes manifiestos, como si su cometido en esta vida fuera el de cegarnos con su verdad y recuperarnos para su causa.

Son los mismos que luego disfrazan a sus hijos para que repartan más trucos que tratos por el vecindario evitando así que se les señale de seres antisociales.

Conmigo desde luego han pinchado en hueso, porque le debo tanto al carnaval y he aprendido tanto de él que soy de esos jartibles que lo viven y lo disfrutan todo el año entero. Y además, no le hago daño a nadie.

Como muestra de lo que os cuento, corre por mis venas el veneno de la Historia desde el momento en que conocí a unos templarios defender a muerte sus coplas entre escudos y lanzas; sé que algún día tendré que visitar el puente de los suspiros venecianos, y que al apoyarme en su baranda entonaré el último rondo de aquel bohemio gaditano que hace magia con sus letras desde sus ensayos y repertorios; y no hay sonrisa más sincera que la que se traza en mi cara cada vez que escucho el desgarro de esa niña que sigue siendo mi locura cada vez que entona aquella falseta que se pierde entre callejuelas y rincones.

Es más, sueño con entrar un día en mi casa y escuchar de fondo aquel pasodoble que hará que mi sangre -y la de mi aire-, por fin lata y respire entorno al mismo corazón, sobrando en ese momento todas las palabras.

Así que esta noche, y a lo largo de esta semana, déjenme que me ponga dos coloretes, si ese es mi capricho y disfruten un poco de esta fiesta. Salud.