viernes, 22 de marzo de 2013

Santo Tomás era del sur.


       Buceando estos últimos días de cuaresma entre las leyendas y los mitos que cuentan sobre las gentes del sur y nuestra peculiar manera de vivir la vida, me ha venido a la cabeza aquella vieja historia que mi abuela me contaba sobre los vientos y las veletas.

Solía relatármela cuando la primavera caminaba aun de puntillas sobre el mes de marzo, en ese instante en el que las horas del mediodía iban a buscarse al espejo de la gracia para ajustarse su traje de cortejo con el que comenzar a alterar los corazones más apocados.

La abuela Teresa acomodaba sus arrugas sobre su cansado hábito carmelita para dibujarme, sobre los ejes cartesianos de su delantal de cuadros, cómo los vientos del lugar iban robándole besos y caricias a unas veletas que giraban desesperadamente sobre sus propios ejes intentando desanclarse de sus forjados destinos.   

Según ella me contaba esta era la manera que tenía la brisa de rellenar sus alforjas de recuerdos con los que poder respirar cada vez que en una esquina del norte tenía que enfrentarse a un carácter que masticaba el odio y el rencor a partes iguales.

Con el paso de los años he ido descubriendo que con nuestra fe, ese misterio que nos empuja a reclamarle cuentas al que está en un altar sin dejar que el que habita en el sagrario se cobije en nuestro corazón, nos sucede algo parecido.

Las gentes del sur somos de palparnos, de manosearnos, de besuquearnos; nos vemos por la calle y no nos conformamos con el saludo de las palabras: solicitamos sentir el roce de la piel, precisamos ver el ajetreo de la sangre discurrir por nuestra ropa, insistimos en ver las llagas del dolor ajeno, tal  como lo hizo aquel discípulo, apodado el gemelo, que tuvo la valentía de dudar de su maestro cuando los demás callaron.

Y como él, que solo mostró la debilidad de sus creencias por ser un humilde ser humano, por aquí tratamos a Dios de una manera especial.

De ahí que para agarrarnos a ese clavo ardiendo que dormita entre cirios gastados y retablos carcomidos, tengamos que pellizcarle la barba o aferrarnos a sus heridas descoloridas.

Y es por eso que en estos días necesitamos tocarlo para convertirlo en nostalgia cuando la calle nos pueda, y que busquemos el roce de sus bordados con las suplicas aguadas en nuestras miradas, y que enhebremos salud y fuerza en cada oración solo rota por un ¡ole! cuando un izquierdo nos zarandee el alma.    

Y seguiremos siendo los culpables directos de que las maderas se desgasten con los nudos de nuestros problemas; de que sus manos pierdan los barnices cada vez que las limpiamos con los pañuelos de la esperanza; de que el tiempo -ese villano que se cree ser el dueño de nuestras huellas-, se sienta ignorado cuando el tic-tac de esta semana no lo marquen sus segunderos.

Por todo esto, y por muchas más cosas que os contaré otro día, estoy seguro de que Santo Tomás era - y vivió su fe-, como la gente del sur.     



viernes, 15 de marzo de 2013

Se traspasan sentimientos



                Muchos de esos que reclaman a los cielos de Curtidores “otra madrugá”, apenas saben de sus secretos, raras veces se detienen a contemplar el dolor acompasado por la historia y desconocen -porque no tienen suficientes moratones aun en sus rodillas-, quien es la que acuna lágrimas en Cristina.

Muchos de esos que se llaman “hijos suyos”, apenas conocen a una Madre que sigue callada por los recuerdos de una herida que no dejamos que cicatrice, raras veces levanta la voz ante los gritos de los cobardes y es capaz de silenciar, con una simple mirada, al mismo dueño del tiempo cuando éste pretende elevar su palabra por encima de los vencejos que rondan la tarde.

Muchos de esos que posan en sus labios promesas que se ahogan al corretear las aceras, apenas pueden sostener ese nombre en sus gargantas, raras veces vuelven su cabeza hacia el patio de los refugios y desconocen que los arcanos de la noche se esconden en faroles y horquillas.   

Pero ahí está Ella, coronando un añejo retablo desde donde divisa a todo aquel que la ignora, a todo aquel que no se detiene ante sus plantas para rezarle, a todo aquel que no sabe que la belleza de las cosas viene marcada por los pellizcos que retuercen al alma y no por el envoltorio de las modas.

Y aquí estoy yo, preso de esa locura que es tenerla como Madre, cautivo de ese tormento que no sé cómo curarle, recluso en esta cárcel de pureza morada que tiñe de tradiciones mis huesos, esos que crecieron al son de eternas madrugadas.

Cuando nadie me ve suelo ir a buscarla para anclarme en su calma, y al comenzar mis letanías repletas de súplicas y desesperanzas, detengo mi pobre testimonio ante ese trazo que Dios dispuso en la tierra - en mi tierra-, porque ambos sabemos que hay emociones que franquean al aire solo con mecerlas en nuestros bolsillos.

Yo quisiera poder explicar lo que ambos oímos al vernos, lo que ambos notamos al descubrirnos, lo que ambos vemos al alejarnos,… pero al igual que hay sentimientos que laten bajo llaves, hay llaves que nunca podrán traspasar el latido de algunos sentimientos; y al igual que hay cerrojos que solo Ella sabe porque se me siguen enquistando, hay quistes que deberían de dormir para siempre bajo los silencios del mar;  y al igual que un día tuve la osadía de desnudar mi fe ante las tinieblas de su dolor, mi dolor se escapa por la ventana cuando, desnudo ante mis miedos, pronuncio su nombre.

No pretendo que la quieran como yo la quiero.

No busco que la busquen como yo la encuentro.

No quisiera que creyeran que solo Ella es el centro.

Pero cuando las ataduras les ahogue las muñecas o los suspiros no comulguen con los vientos; cuando la esperanza se despeñe por los cierros y el presente venga cargado de tormentos; cuando el camino se tropiece con las ilusiones y el sol se escape de entre los dedos, vayan a buscarla, refúgiense en su duelo, olvídense de la liturgia, Ella se encargará del resto, y entenderán que en este mundo existen caricias – de las que no somos dueños-, que tan solo con desearlas son capaces de atravesar sentimientos.

viernes, 8 de marzo de 2013

El día D.



El pasado veintiocho de febrero la comunidad autónoma andaluza se levantó de la cama orgullosa, altanera, eufórica, con la sonrisa en sus calles y saboreando el acento en cada saludo, en cada desayuno, sabedora en su interior de que todo el mundo la buscaría  a lo largo de ese día para volver a mirarla con anhelo y envidia.

Anhelo porque saben que el sol se refleja de manera distinta sobre nuestras celosías y azoteas, y envidia porque los andaluces, en el fondo, somos un pueblo que sabe vivir muy bien, que se toma la vida con sorbos de gracia y con un age que ya quisieran otros y que para mayor regodeo de nuestro ego íbamos a disfrutar de un puente de cuatro días de esos que quitan el hipo sólo de pensarlo.

Es lo que tiene ser andaluz y son los beneficios que nos da el respirar el aire que se pierde por la Baja Andalucía.

Pero una semana después, ese sentimiento autonómico que nos hinchaba el pecho se ha ido esfumando de nuestros pulmones; y por las arterias de las ciudades ya no se ve el ondear de esa bandera blanca y verde que vuelve a nosotros cansada tras siglos de guerras; y por mucho que nos empeñemos desde que nuestra onomástica terminó hemos vuelto a convertirnos en los bufones de un reino que mira con indiferencia todo aquello que proceda del Sur una vez que los carnavales terminaron.  

Es lo que tiene sacar a relucir nuestras raíces, nuestras señas de identidad, nuestros emblemas; nuestros colores, nuestro himno, nuestra historia; nuestro arte, nuestro descaro, nuestra forma de hacernos entender cuando nos dicen que hablamos muy rápido.

Es lo que tiene asumir las desgracias de no saber hacer la “o” como un canuto, de quedarnos con la cara partida cuando nos pisotean una y otra vez por nuestra forma de creer, de lamernos las heridas con nuestra propia sal cuando nadie es capaz de tender su mano para que salgamos del pozo en el que estamos inmersos.

Es lo que tiene abrir las fronteras de nuestro mar a todo aquel que no duda en escupir sobre su orilla cuando se va, en ser el gracioso de turno en cada convite de piedra al que asistimos, en ver cómo nos siguen robando la ilusión y el futuro cuando unos cuantos queremos devolver a esta tierra aquello que en su día recibimos de ella.  

Pero ese es el precio que tenemos que pagar cuando enarbolamos la bandera del andalucismo tan solo un día al año, radicando ahí parte de nuestras desventuras, ya que nuestra fiesta grande se ha convertido en una efemérides más, en una mención mas, tal como le sucede al día de San Valentín, al Día de la Paz, al Día del Maestro, al de la mujer trabajadora,…

Quizás pensar así roce lo absurdo, o quizás el absurdo sea yo por pensar de esta forma - como alguien me señaló el otro día-,  pero me gustaría ver, sentir y escuchar cómo los andaluces somos libres para ser “andaluces” todos los días del año, y no solo el ultimo día del mes de febrero.    

viernes, 1 de marzo de 2013

Hace unas semanas...


Hace unas semanas volví a visitar el corazón de vuestra ciudad, ese latido acompasado por el almíbar y endulzado por el aroma de la historia, y paseando por sus calles tuve la sensación de empequeñecer a cada paso que daba entre callejuelas y naranjos.

Hace unas semanas necesité escuchar de nuevo los crujidos de la memoria, recorrer los recuerdos que dejé anclado tras cada farola, tras cada esquina y buscar ese trozo de mí que se quedó a vivir entre las sombras de vuestro aire.  

Hace unas semanas agaché de nuevo mi cabeza en señal de respeto cuando rondé  esas murallas donde dormitan las leyendas y donde tantos y tantos besos son robados a la noche cuando expira una nueva madrugada.

Hace unas semanas…

Sevilla y yo tenemos cuentas pendientes. Ella sabe que huí de sus brazos cuando quiso apretarme entorno a su cintura y hacerme suyo; yo sé que volveré algún día a sentir cómo se inclina el cielo cuando tiene que pintarle de caricias un nuevo amanecer y se sonríe al limpiar sus pinceles en ese tramo de río.

Pero es que Sevilla es Sevilla, y aunque los que vivimos lejos de sus cicatrices la tengamos más que mitificada, sabemos que no todo lo que reluce es oro en la que para muchas cosas es la madre y maestra, teniendo que ver atónitos cómo algunos trapos sucios se orean a la vista de todos con la única finalidad de hacer daño y pisotear cabezas.

Pero a pesar de ello, vuestra ciudad tiene el don de reinventarse, de hacer, con muy poquito, todo; de acallar, con un simple silencio, a todo aquel que la ponga en duda; y de enamorar, con el reflejo más pequeño  de sus entrañas, a propios y a extraños.

Esa es la Sevilla de la que me siento preso, de la que sueño con volver,  de la que soy incapaz de nombrarla sin suspirar nostalgias y añoranzas, y de la que sé, como todos ustedes saben, que es donde vive,  que es donde habita, que es donde mora Dios, y no solo en este año de la fe.  

Por eso hace unas semanas fui a Sevilla, para buscar a ese Dios que se gubia en maderas con arrugas; para encomendarme a ese Dios que evoca relatos antiguos, los que cuentan las abuelas en los zaguanes de la lejanía; y para suplicarle, rogarle, demandarle a ese mismo Dios que no suelte mis dedos cuando mi cuerpo se zarandea por la desesperación y por la ira.

Y fue en Triana, en Montesión, en El Salvador o en San Lorenzo donde me postré ante sus plantas, soltando lastre entre repelucos, ese que me impide avanzar por el miedo a lo desconocido,  y donde pude adivinar las hechuras que esconde la fe bajo el marco de un túnico, bajo el eco silente de una bóveda o bajo el misterio de una cola donde se guardaba turno entre nervios e inquietudes.

Ante el Señor de la Salud mis palabras mudaron la piel al bañarse mi rostro entre lágrimas amargas que saben cuánto lo nombro al cabo del día, cuánto lo necesito con el pasar de los años y cuánto sufro por equivocarme y tenerlo tan lejos de mi camino, y al entrar en la iglesia de Santiago caí rendido ante el beso mas traicionero que mis ojos jamás sintieron.

Hoy puedo contaros que ese fue mi verdadero Vía Crucis, el que rellenó mis bolsillos de fe en cada iglesia, el que desoyó los cánticos de lluvia cada vez que miraba a las nubes y el que Dios quiso mostrarme, sin apenas alzar la voz, en la ciudad de Sevilla.