domingo, 20 de marzo de 2016

Estamos todos invitados..


         Sin apenas darnos cuenta, la semana del año que detiene los pulsos del reloj de los cofrades ha dado comienzo, y las primeras pisadas de nazarenos se han quedado prendadas sobre los adoquines de la ciudad, desabrochando promesas e ilusiones.

Es la cita remarcada en el calendario que a algunos nos da la vida mientras que a otros le sale sarpullidos por la piel con tan solo detenerse en ella.

En esta semana -entre palcos y atascos-, nuestra ciudad se perfuma, se calza zapatos cómodos, se maquilla sus penas y se va al encuentro de ese Dios al que algunos le rezan en estampitas, otros lo hacen en recuerdos y algunos privilegiados tienen la suerte de hacerlo in situ en aquellas Iglesias que no le tienen miedo a abrir sus puertas con la que nos está cayendo.

Pero este encuentro con las respuestas a muchas de nuestras preguntas no sólo lo propiciamos nosotros.

Me consta que a ese Dios barnizado en maderas y ropajes también le gusta que al menos durante una semana al año el aire de nuestras calles sacuda la sencillez de sus mandamientos, de ahí que su mirada se vuelva misericordiosa con aquellos que blasfeman en su nombre, matan en su nombre, pisotean a sus iguales en su nombre y perdona -hasta setenta veces perdona-, a aquellos que lo niegan más de tres veces al día.  

Ojalá todos los creyentes en Dios tuvieran la misma relación que tenemos nosotros con nuestro Creador. Les aseguro que es mucho más fácil vivir con este clavo ardiendo al que sin remedio nos agarramos, a pesar de las sombras, la maldad y la envidia que encerramos en un cuerpo que, le pese a quien le pese, está hecho a su imagen y semejanza.

Pasen y vayan tomando asiento, que Aquel que tiene que borrar mis renglones torcidos les estará esperando.


domingo, 6 de marzo de 2016

Gallardo, el nieto..


Regresando a casa la otra noche, un buen amigo me confesó que últimamente cada vez que se sienta a escribir -ya sea por encargo o por devoción-, se presagia más torpe y con más dudas a la hora de juntar palabras.

Al escucharlo, sus secretos me resultaron familiares, percatándome de cuánto nos cuesta a algunos desnudar nuestra alma de tarde en tarde…

Pero existe un abismo entre él y yo.

Nieto e hijo de ese apellido que Jerez debería de llevar hilvanado eternamente en los confines de sus fronteras, a Antonio Gallardo Monje le sobra ingenio para expresar lo que por su mente deambula y dejar por escrito lo que su mirada tanto echa de menos.

La última prueba de ello fue lo que le contó en voz bajita a la Virgen de la Amargura el pasado sábado, siendo más Gallardo que nunca tras el atril ya que al fin dejó que su voz se asonantara entre plegarias y sonetos.

Fue una delicia escucharte una vez más.

Amigo, intuyo la presión que tienes que soportar cada vez que abres la boca o le pones rima a dos versos, pero si me aceptas un consejo de escribano,  lucha contra eso con las armas que la vida te ha regalado: la herencia que circula por tu sangre y la confianza en tu talento, ese que tienes prendio a las entrañas de tu alma.

Si crees que debes de tomarte un tiempo, tómatelo.

Si crees que tienes que detener tus pulsos, detenlos.

Si crees que es mejor esperar, disfruta de la espera.

No me gusta verte sufrir, y prefiero mil veces que silencies tus latidos para que los ecos de tus sentidos se vayan ensolerando a verte mendigar aplausos de atril en atril, como suspiran muchos otros.

Y recuerda una cosa… ¿Habrá regalo más bonito que el que te llamemos Antonio, el nieto de Gallardo?