viernes, 28 de diciembre de 2012

Un paseo para recordar


De los placeres que aún nos quedan por disfrutar sin que por ello el Estado nos cobre una tasa o un impuesto (todo se andará) se halla el de pasear. Es algo que se encuentra al alcance de todos, y todos en algún momento optamos por este sistema para evadirnos de nuestros ahogos o asfixias con la excusa de estirar las piernas.

Para pasear simplemente se requiere calzarse de unos zapatos que sean cómodos, buscar una buena compañía para que los silencios entre los futuros diálogos no sean catalogados como incómodos y -quizás lo más importante-, dejarse aconsejar por el viento cuando no sepan a donde dirigir sus pasos; supongo que él, como amante que se cuela por los callejones y sabio seductor de veletas a media tarde sabrá indicarles la ruta a seguir cuando surjan las dudas. Confíen en sus susurros.

También pueden hacerlo de manera solitaria, ataviándose de unos simples auriculares para ignorar al ruido externo que constantemente nos envuelve; pueden pasear de la correa y los antojos de su fiel mascota (no se olviden de que vivemos en sociedad) o pueden hacerlo como si al regresar a casa le fueran a dar un premio debido a su rapidez y premura en volver.

Como ven, hay mil maneras de pasear y el paseo lo pueden hacer de mil maneras.

Pero lo bonito que esconde un paseo son los recuerdos que se nos quedan tallados en nuestra retina a modo de rincones, de lugares, de puestas de sol en invierno; de aromas, de guiños, de abrazos que nos envuelven el alma cuando tenemos frío; de lágrimas, de risas, de pieles que ya no tenemos a nuestro lado y que en estos días tanto estamos echando de menos.

Aunque a veces un paseo puede ser una guantada sin manos, un zarandeo a nuestras sentidos, un escaparate donde se puede ver un mundo que creemos que es ajeno a nosotros sin pensar que mañana esos focos nos pueden alumbrar directamente a nuestras impotencias.

Porque impotencia es lo que sentí en mis carnes en mi último paseo al ver esa cola de personas esperando su turno, delante de un convento, entre naranjos aun sin florecer y adoquines que esperan al mes chiquito para olvidarse por unas horas de sus penas.

Eran personas que jamás pensaron verse ahí, mendigando limosna, con la cabeza agachada, sin apenas hablar y esperando su momento para poder llevarse un litro de leche y una barra de pan con la que poner a sus hijos un bocadillo para seguir engañando al hambre por unas horas.

No pretendo hacer demagogia ni exculpar a mi sepulcro blanqueado de esta situación, pero cuando el viento quiso que viera esa cola, me mostró una realidad ante mis ojos que por día crece, que por día aumenta, que por día asciende, mientras que yo sigo molesto porque no me devuelven las felicitaciones navideñas que con tanto ahínco copié y sigo enojado porque  la gente no me “retuitea” mis hilados comentarios.

Ya ven, las cosas de la vida, y las cosas que esconden algunos paseos que sí son para recordar.


viernes, 14 de diciembre de 2012

Entre una mula y un buey.


               Desde hace años al ponerse el sol, se detiene un rato ante la ventana de aquel salón donde las huellas de sus días van trazando sus últimos silencios entrecortados. Se atrinchera entre las cortinas y el visillo, y sin apenas hacerse notar, asiste en la lejanía a esa despedida amarga y melancólica que cada tarde termina con la eterna promesa de volver a colorear con tonos rojizos y anaranjados las ropas que aun bailan sobre los cordeles de las azoteas.  
 
Siente que es uno de esos momentos en los que puede aspirar vida, y ha hecho de ese instante rutinario el refugio donde sus manos cansadas reposan, donde sus caricias olvidadas resurgen y donde sus recuerdos,  envenenados de nostalgias, corretean por entre las yemas de sus dedos. 

Suele quedarse allí hasta que la luna comienza a perfumar con besos y juramentos los zaguanes de la impaciencia, y le gusta recordarle a esa dama solitaria que tiene que seguir velando por sus sueños antes de que éstos mueran al llegar la mañana y se esparzan por entre sus sábanas húmedas.

Pero la otra noche…

La otra noche este deseo tardó en formularse porque cayó en la cuenta, esta vez demasiado tarde, de que el frío del invierno traía de nuevo entre sus alforjas a la mentira y a la falsedad como invitadas en primera clase. Y las sintió ahí, mostrando su cara más dulce y a la vez más dañina al decorar las calles de su barrio, su vetusto barrio, bajo un alumbrado con motivos demasiados modernos y que nada tenían que ver con este tiempo de espera.

Con la mirada aun confusa pudo ver a la envidia agazaparse entorno a papeles que pronto, muy pronto, serán los encargados de envolver regalos que pellizcarán nuestra alma de niño, esa que creemos perder cada vez que una nueva arruga recorre nuestra piel al llegar el momento de tomar las uvas, y al poner el oído pudo escuchar el eco de las primeras palmas y panderetas, junto al zumbido inequívoco de una añeja zambomba que en estos días reúne más gente entorno a su alrededor que la mayoría de los muros pétreos y obsoletos de un mensaje que no sabe muy bien donde tiene anclada sus raíces.

Al tener que limpiar el cristal de aquella ventana que con su vaho se iba empañando se dio cuenta de que el momento de blanquear nuestros corazones, ese que algunos llaman diciembre, estaba llamando a su puerta, y un repeluco de culpabilidad recorrió toda su espalda al saberse que, como los demás, tendría que desprenderse de muchas piedras que había ido acumulando a lo largo de su camino para sentirse libre de pecado.

Pero a su vez, una sonrisa comenzó a trazarse en su cara, un deseo comenzó a distinguirse en su rostro, un destello empezó a recorrer la oscuridad de sus venas y una sensación que la daba sosiego y calma pudo acompasar a sus pulsos, esos pulsos que el destino pondría de nuevo ante las plantas de la sonrisa de ese niño que sólo es feliz cuando hace de las suyas entre una mula y una buey.





viernes, 23 de noviembre de 2012

Cartas marcadas



                           La conozco desde hace años y sé, por sus ausencias, que no anda demasiado bien. No me lo quiere confesar por temor a romper sus murallas cimentadas en cristal, pero lleva unas semanas con la angustia y la tristeza envolviendo sus alientos. El último revés que la vida le ha dado ha sido desmedido, siente que le ha pillado ya mayor, casi sin fuerzas, y la esperanza a que esta situación cambie la está consumiendo poco a poco.
Apenas come. Apenas habla. Apenas duerme.
Se pasa las tardes rumiando sobre una butaca preguntas que atraviesan sus dudas. Deshoja entre sus dedos el anhelo de retorcer el tiempo para que éste empiece a corretear de nuevo. Se castiga con cada sollozo, y de tanto flagelarse se ha llegado a creer que la culpa en esta historia sólo la ha tenido ella.
En la distancia que nos une me la imagino arrastrando sus pies al maquillarse la luna, y al acercarse hasta una habitación desahuciada por el egoísmo y las prisas, esperará en silencio a que en sus pupilas aparezca una cama con las sábanas revueltas. Al ver que todo sigue igual que ayer, volverá a cerrar una habitación que vale más por lo que escucha que por lo que cuenta.
A estas alturas de mi vida acepto las reglas que ésta dispone para que la propia vida sea quien se alce con la victoria de una batalla bastante desigual. Convivo desde hace años con traiciones, decepciones, engaños; con maldades, guantadas a dos manos, desilusiones; con envidias, celos, frustraciones,… pero lo que no logro, lo que no asumo, lo que no consigo entender es que existen cartas marcadas de antemano con el sufrimiento de una madre en el anverso de las mismas.
Como hombre que soy reconozco que no soporto el dolor. Me quejo con el roce más nimio y pienso que la parca está en el salón de mi casa esperando a tachar mi nombre de su lista cuando pillo un simple resfriado, pero desde esta tribuna donde mis pensamientos vuelan de manera libre quiero confesar que esta tortura que estoy leyendo día a día en los ojos de esa madre es el tormento más grande al que jamás me he sometido.
No sé qué palabras emplear para aliviarla. No sé qué decirle para que calme sus nervios. No sé cómo ayudar a una madre que convive con la ansiedad instalada sobre su pecho.
Sufro cuando ella sufre, lloro cuando ella llora, me enrabio cuando ella se enrabia, y aunque es duro sentir la impotencia remontar por los poros de mi piel cada vez que la acaricio, necesito sentirla, rodearla, envolverla con mis brazos cada vez que la veo.
Ojalá que todo esto que estamos viviendo sea solo una mala jugada del destino; ojalá que dentro de poco seamos capaces de ver como todo vuelve a su cauce y ojalá, algún día, pueda romper en mil pedazos esas malditas cartas marcadas que tanto daño le hacen.


viernes, 2 de noviembre de 2012

Recuerdos tatuados.


                             Sin apenas darnos cuenta vamos depositando los resguardos de nuestros días, las nostalgias del ayer o las lágrimas que el viento no sabe cómo secar entre los poros de nuestra piel.

Esa piel que crece con nosotros a la par, tapizando nuestros miedos, solapando nuestras emociones y ahuyentado nuestras dudas, es la misma piel que muda de color cuando las ausencias nos pellizcan el alma, y ayer por la tarde las mías me pidieron la venía para que fueran revividas.

Lo que estas ausencias no saben es que ellas no necesitan amoratarme el corazón para que las recuerde cada vez que el calendario se viste del luto, pues desde que se marcharon las llevo arrimadas a mis pulsos, viven contiguas a mis pisadas, florecen pegadas a mis sueños y cada vez que abro los ojos al despertarse la mañana, las acaricio antes de abandonar mi cama.

No necesito un día con coloretes para acordarme de los que ya no están a mi lado. Sé que desde que partieron han estado ahí, cerquita de mi silueta, pespuntando mi cintura para que no pierda el equilibrio cuando mis pies tropiezan en la noche, pero los hecho tanto de menos que he tenido que aprender a convivir con esa sensación que te ahoga, que te duele, que te quema cada vez que suspiras y el frío se asoma por la rendija de la melancolía y no tengo esas manos que le puedan dar calor a las palmas de mis cicatrices.

Cada cierto tiempo alzo la mirada buscando a los que me faltan entre las nubes, da igual el día o la estación del año; y lo hago con la esperanza de que sin nombrarlos me guiñen un ojo y así puedan decirme que allá arriba están bien, que no tenga ninguna prisa por ir a abrazarlos, que ellos me están esperando junto a los cuentos que me faltaron por escuchar, las puestas de sol que no divisamos, los consejos que rebuscando entre las preguntas que me oprimen nunca encuentro, el salpicado de orgullo que les produce el verme caminar como un hombre, las sonrisas que me faltaron cuando al girar la cabeza no encontraba las suyas, los besos de buenas noches, las caricias en mi rostro cada vez que cumplía años, los pañuelos tendidos al sol para que se secasen mi rabia y mi ira, sus susurros, mis apretones, nuestros mosqueos,…

Es lo que tiene el tener en un balcón de la gloria a seres queridos y no apostados en un calendario de hojas caducas.

Así, cada vez que se alza el levante con ganas de fiesta o la lluvia golpea con insistencia los charcos de mi memoria, se acercan hasta mi casa el aroma de sus palabras, el perfume de sus mimos, el manoseo de las anécdotas o el roce de fotografías donde ellos causan baja, desahuciando a un color sepia que no entiende de matices humanos.

Estos son mis recuerdos tatuados, los que llevo amarrados con hilos de ternura a los bolsillos de mi piel, esa piel que me escuece cada vez con más insistencia cuando al leer la letra pequeña de la vida vuelvo a sentir el correteo de un llanto que jamás ha descansado desde que mis ausencias partieron a la otra vida.


viernes, 19 de octubre de 2012

Mirando las estrellas.

 

             El pasado martes por la noche se fue la luz allá por donde uno vive. Sin carta de aviso y sin llamar a la puerta -ni siquiera lo quiso hacer con los nudillos-, se ausentó de nuestras vidas durante un rato, quizás porque necesitaba descansar de tanta necedad que ve a su alrededor, quizás porque necesitaba coger aire para seguir puliendo las sombras de nuestros pensamientos y huellas o, quizás, porque necesitaba aliviarse, cerrar los ojos y guardar durante unos instantes silencio.

Uno, que no fue ajeno a esa sensación dulce e inofensiva de sentir cómo la tierra seguía girando sobre sí misma aunque careciera de visión para ello, quiso sumarse a ese mutismo, a esa discreción, a ese guiño que el cielo nos hizo mostrándonos su salpicado de estrellas, como un telón de navidad, y a oscuras - y descalzo-, me senté durante unos minutos en el patio desde donde me suelo aislar de los demás.

Es allí, en esa pequeña trinchera donde guardo las risas de los amigos y las lágrimas que uno se bebe cuando el agobio tensa la cuerda; es allí donde atesoro los recuerdos que no necesitan ser recordados con el paso de los años, pues los años se recuerdan gracias a esos recuerdos; es allí donde me podréis encontrar desprovisto de perfumes o artilugios que distraigan a los discursos y al corazón.

Y fue allí, con la oscuridad por testigo y envolviendo mi piel donde me pude dar cuenta de la impaciencia que cabalga por nuestras venas cuando no sabemos cómo alumbrar nuestros actos, o de cómo los mayores nos dan guantadas sin manos cuando nos advierten - tras el simple reflejo de una vela gastada-, que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Pero sobre todo caí en la cuenta, como si la vida estuviera esperándome tras la esquina con esta nueva lección bajo su brazo, de que por mucho que quiera controlar mi existencia, mis actos, mis decisiones; de que por mucho que me empeñe en ser patrono de mis silencios y preso de mis palabras; de que aunque intente, con ahínco y firmeza, regar cada noche mis raíces con fe y esperanza para que sigan brotando hojas con carácter, sigo sin ser el dueño absoluto de mis latidos.

Bastó un simple apagón y una calle en penumbra para que cayera en la cuenta de que sólo soy un grano más dentro de este arca de cristal, insignificante para el devenir de los tiempos por mi tamaño, mis apellidos  o mi trascendencia; maniatado de muñecas y tobillos por cuerdas carcomidas a expensas de los giros que me quieran dar los que rigen los puntos y aparte de nuestras biografías; uno más que respira, tal como lo haces tú, un aire que no nos pertenece.

Mirando las estrellas la otra noche me sentí así, pequeño, desnudo, perdido entre aquellas tinieblas que zarandearon bostezos y cansancios, y desvelando preguntas que creí olvidadas entre senderos de suficiencia, y a las que aún les tengo que dar respuestas.

Quizás por eso la luz quiso irse la otra noche.
 
                                                                                                               @alb_espinosa
 

viernes, 12 de octubre de 2012

Hay tantas cosas...

 

          Hay historias que no merecen la pena ser escuchadas, que no tienen vida, que no destilan escalofríos, ... y a su vez hay historias que al escucharlas, nos dan la vida, pellizcándonos la piel en cada golpe de voz;  

hay cuerpos que no tienen alma, que caminan sin dejar rastro, ausentes al dolor y a la risa, ...y a su vez hay almas que buscan caminos en los que la sonrisa y el llanto les ayude a encontrar un cuerpo donde cobijarse;

hay momentos que todos guardamos entre papeles de periódicos en algún cajón olvidado, entre reseñas que, con el daño que nos hicieron, quisiéramos no haber tenido que vivir, ... y a su vez quisiéramos revivir determinados momentos, aunque sepamos que la tinta con la que se suscriben abrirán heridas que aun no están cicatrizadas del todo;

hay miradas que son cómplices de nuestros sentimientos, de nuestro pálpito a pálpito, de nuestra existencia, ...y a su vez hay sentimientos que palpitan cuando existe complicidad entre nuestras miradas;

hay palabras que guardan infinidad de significados, aunque sus sílabas sean arrastradas por el viento, ... y a su vez hay significados que carecen de palabras, pues el viento no es capaz de abrir nuestras gargantas para que rompamos el silencio;  

hay personas que buscan su lugar, que buscan sus raíces, que buscan su espacio, ... y a su vez hay lugares que buscan el espacio que queda entre las raíces y las personas para encontrarse;

hay sombras que reflejan en el tiempo aquello que nuestras huellas ignoraron, ... y a su vez hay tiempos que sabemos que han existido por que el reflejo de sus sombras nos producen daño; a esas huellas sí que deberíamos de ignorar.

        Hay pestillos que nos ayudan a guardar secretos detrás de puertas sin bisagras, de esas que esconden humedades y trapos a medio doblar, ... y a su vez hay secretos que, aunque se guarden bajo pestillos, florecen a cada paso que damos, pues somos incapaces de sepultarlos;

hay lágrimas que recorren nuestras mejillas como factura de nuestra amargura, dejándonos patente sus latidos, ... y a su vez, a nuestra amargura le encanta ser el idilio de esas lágrimas, esas que buscan desahogarse por  nuestras mejillas;

hay caminos que uno recorre paso a paso, desnudándose en cada esquina, marcando con una cruz roja cada piedra, cada guijarro para no volver a tropezar en ellas, ... y a su vez, hay piedras que encontramos en nuestro camino, hay guijarros con los que nos tropezamos sin querer que al esquivarlos, hacen que descubramos de nuevo nuestra desnudez;

hay verdades que uno se tiene que callar para que la lengua no se envenene entre los dientes al pronunciarlas, ... y a su vez nuestros dientes se van envenenando cuando de nuestras gargantas sólo salen verdades que nunca  deberían de ser calladas.

En fin, hay tantas cosas,...


viernes, 5 de octubre de 2012

Por eso fui...


 
          Antes de que el aire termine de trasminar ese aroma con el que hace unos días perfumaste las calles, antes de que entre los recuerdos te cueles como un sueño vivido a destiempo, antes de que el sol se apodere de esa fábula que con dulzura escribiste sobre los adoquines de la noche, antes, antes de que todo eso suceda, un simple escribano como yo te va a contar el por qué decidió ir a buscarte.
 
A estas alturas sabes de sobra que mi corazón tiñe mis venas de negro, de ese negro acuchillado por el dolor y la muerte que cada mes de Septiembre se asoma por tu casa para rezarte entre auroras y horquillas, y sabes de sobra que por entre mis arterias se cuela ese tono rancio y añejo de un morado que pisotea adjetivos al regresar por Cristina.
 
A estas alturas sabes de sobra que nuestras miradas pocas veces se han topado en una callejuela o tras un zaguán de la plazuela, ese rincón que esconde ofrendas entre arrugas y llantos, salpicados éstos de sonrisas que se resguardan bajo delantales a cuadros, y sabes de sobra, por que te lo he demostrado mil veces que me gusta ir de frente, con mi verdad como ofrenda, y que no deseo, no ansío, no pretendo parecerme a esos hijos tuyos que conjugan tu nombre en vano para evitar el ser señalados por la calle.

A estas alturas sabes de sobra lo que callo cuando hablo, lo que hablo cuando respiro, lo que respiro cuando te veo, lo que veo cuando te extraño, lo que extraño cuando te olvido, lo que olvido cuando te llamo.

 
Pero aun así, sabes de sobra que fui a buscarte hace unos días, sin aspavientos, sin remordimientos. Con la cabeza alta y las espaldas cubiertas entre hilvanes de resignación para aceptar que no quisieras verme allí, para asumir que de allí sobraba, para entender que aquel no era mi sitio.

Y lo hice porque no creo en esas leyendas que cuentan de Tí algunos mortales, cuando no saben cómo explicar lo que provocas en sus pieles; lo hice porque quería ver la cara que ponías cuando volvieras a mirarle al de las manos atadas, cuando la historia os separó sin miramientos; lo hice porque no me gustaba la idea de ver un cuadro pintado con colores prestados bajo palabras sin eco.
 
Por eso lo hice, por eso y por que ante tus plantas, en un momento en el que el compás de los pulsos calmó al aire y las petaladas nos dieron una tregua, pude mirarte a la cara, esa de la que tantas veces rehuí, esa a la que tantas veces esquivé, esa que nunca he aceptado en mis oraciones.  
 
Y cuando te vi, solo pude silabear que me perdonaras, solo pude entonar un " mea culpa ", y éste salió de mi garganta apagado, sin fuerzas, arrastrándose,  sintiéndose culpable por algo de lo que no soy dueño, por algo de lo que quisiera pero no puedo, por algo que me hace perder toda esperanza.
 
Por que no es fácil vivir así, y tu lo sabes, con esta pena que me araña el alma, con esta tristeza que destroza mis pisadas, con esta fe que se derrumba con cada nueva guantada.

Por eso lo hice, por eso fui a buscarte, para anclarme a tu nombre, para en tu nombre resguardarme, para llenar mis bolsillos de ese pellizco que necesito para encontrar de nuevo mi camino, ese que he perdido entre sombras y silencios.
 
Por eso lo hice, por eso fui a buscarte, para pedirte, sin alzar la voz, para reclamarte, de puntillas, como de pasada, que de mí, cuando estuvieras en tu camarín, una mañana de estas te acordaras.

Y por eso lo hice, por eso fui a buscarte, para que al desnudar mis sentimientos, éstos te contaran que no es fácil estar toda una vida esquivando los quiebros de tu mirada.
 
Por eso fui...


viernes, 21 de septiembre de 2012

Dueño de mis silencios.

              Los que creen conocerme apelan a la sensación de que algo me pasa cuando me ven callado y ensimismado en mis cosas. Portadores de su verdad, no se atreven a preguntarme directamente si algo me sucede o me ocurre, haciendo mil conjeturas sobre mi estado de ánimo, sobre mis preocupaciones o sobre mi fe.
Los que creen a pies juntillas conocerme enarbolan, a lo lejos, una bandera blanca con tintes a victoria cuyo lema ondea bajo la expresión “él es así, y hay que dejarlo”, lo que les permite no tener que franquear las puertas de mi verdad para no toparse con mis palabras.
Tanto unos como otros tienen que saber que cuando me vean silente y ausente en mi día a día es porque en esos momentos prefiero guardar silencio para que la sangre que recorre mis venas no haga que mis latidos revienten.
Como ya contemplo algunas canas sobre mi pecho, sé que hay mil maneras de encarar los problemas, de hacerse notar, de elevar la mirada,... pero desde un tiempo a esta parte mi opción ha sido la de guardar silencio y lavar mis trapos sucios en casa, lejos de oídos y de hombros extraños. A estas alturas de mi camino he tropezado demasiadas veces con la misma piedra.
Así, y como os iba contando, ante el silencio no tengo que disimular, no tengo que soportarme, no tengo que traicionarme. Él sabe de mí todo lo que los demás desconocen; yo sé de él todo lo que él quiere que se sepa. Y tengo la certeza de que siempre está ahí, adosado a la espera para no fallarme.    
Hasta el día de hoy siempre he confiado en él, en mis silencios, y con ellos bajo el brazo seguiré dando respuesta a tantos hipócritas que lloran sin saber la suerte que realmente tienen entre sus manos, aunque crean que a sus manos le han puesto fecha de caducidad; seguiré guardando silencio, aunque me duela al tragar saliva, cuando vea cómo les acompaña la suerte a aquellos que se ríen de manera maliciosa, entre soberbias y humos, cuando realmente ni el eco de sus pasos los soportan; y continuaré callando, aunque me tiemblen los huesos y me falte el aire, cuando de nuevo sienta a la tristeza llamarme a escondidas entre el bosquejo de mis ilusiones, invitándome a que me siente junto a ella en el banco de la paciencia.
Esos son mis silencios, los que hacen que al callarme, otorgue; los que encuentro al pedir auxilio cuando asisto a tantas injusticias a mi alrededor; los que me ayudan a mirar para otro lado cuando huele a podrido por la ventana; los que encuentro cuando me despierto y oteo un futuro cada vez negro y sin esperanza.
Por ahora, soy dueño de ellos, de mis silencios; de mis palabras, esas de las que soy esclavo, os hablaré otro día. 
 
 
 
 

lunes, 17 de septiembre de 2012

Una rosa entre sus brazos

 

 
                   Los nervios de un nuevo encuentro ante Ti me hicieron despertar ayer domingo con una sonrisa distinta en mi cara. Al abrir los ojos abandoné entre mis sábanas al sueño que en esos momentos envolvía mi piel, y junto al frío que se colaba inquieto por la ventana me fui vistiendo para ir a verte.

Al llegar a ese jardín en que se convierte cada mañana de septiembre tu plazoleta, todas las flores y palmeras de aquel lugar añejo coloreaban con sus aromas sus nervios e inquietudes, pues este año se habían propuesto robarte la pena que a cada segundo te va martirizando.

Llevaban meses con esa idea rondándoles la cabeza. Lo habían hablado con las palomas, con los adoquines y con las sombras; la luna y las estrellas fueron cómplices de aquel secreto, y el mismo aire, ese que juguetea con los caprichos de tus alfileres, desveló el recorrido que ibas a seguir.

Se sentían fuertes en sus intenciones, querían compartir con la Madre de Dios ese escarnio que supone ver cada día la muerte de un hijo, deseaban aliviar la pena, anhelaban tu descanso, pero al franquear tu dolor el dintel de aquella humillada capilla, todo se les vino abajo, como un castillo de naipes entre las manos de un niño, dejando un escalofrío tibio recorrer sus miradas al no poder levantarlas cuando pasaste a su vera. 

Al dejar atrás aquel jardín de piedras y bancos, giré la cabeza hacia esa plazoleta donde se esconden las lágrimas, donde se forjan las promesas, donde nacen las quimeras, y al meter mi hombro maltrecho sobre tu paso salpicado de plata, lo entendí todo.

Así, pude entender que ese dolor que sufres en silencio, es sólo tuyo; que esa piel que a tiras te van descosiendo de tu alma, es solo tuya; que esa tristeza adosada a los tiempos, sólo Tu la conoces; que te duelen más el rencor y el odio que el filo de los cuchillos, que darías hasta tu última gota de sangre por volver a parir sin dolor al que arrebataron de tus entrañas, y entendí, cuando las fuerzas empezaron a flaquear, lo que aquel jardín asumió con resignación, pues la rosa que sostienes entre tus brazos, si alguien osara arrancártela, haría que el cielo volviera a rasgarse, que la tierra de nuevo temblara, y que los latidos de tu corazón -y el mío-,  carecieran de sentido.

viernes, 7 de septiembre de 2012

La sonrisa de la luna.

 

            Hace un par de días mantuve una íntima conversación con un viejo amigo, alguien que llegó a mi vida cuando ambos teníamos toque de queda para llegar a casa los viernes, y sentí en aquellas palabras un maridaje de nostalgias y tristezas que a día de hoy aun perfuman mis pensamientos al atardecer.
Sin guión establecido, recurrimos a rasgar el sobre lacrado de las anécdotas, esas que ambos guardábamos entre hilos de algodón en una esquina de nuestros recuerdos, y juntos recorrimos de puntillas aquellos años donde la inocencia y la pubertad nos iban jalando de los brazos para que alcanzáramos una madurez que tardaba en llegar y que se nos antojaba muy lejana; muchas veces me pregunto si la habré alcanzado ya.
Al recordar hoy esa charla cierro los ojos y siento de nuevo entre mis dedos el reflejo de unos años donde fui libre de pensamiento, de palabra, y sobre todo, de acción. Y me doy cuenta de que hay cosas que ya no volveré a sentir.
En esa época caminé por senderos desconocidos, tropecé entre piedras, metí mis pies en charcos, me despeiné ante abismos en penumbra,… pero mis ataduras y mis lágrimas siempre fueron desatadas y secadas por algún amigo, alguien que siempre estaba ahí, que habría su corazón sin esperar nada a cambio, que hacía suyo mis problemas y que lo único que le importaba en esos momentos era reconfortarme con sus palabras y con su aliento.
A día de hoy, sigo caminando, tropezando, despeinándome,… sigo atándome y llorando, pero a diferencia de cuando lo hacía antes, me he vuelto un tanto desconfiado, y miro y remiro hacia ambos lados de la calle por si hay alguna sombra que repara en mí e intenta tenderme la mano, eso si, con más miedo que vergüenza.
¿Y a qué tengo miedo a estas alturas? Pues a que me hagan daño, a que bailen entre risas sobre mis rescoldos, a que pisoteen mis sueños y mis heridas, pero sobre todo, a que me traicionen con un beso, a media noche, esfumándose de mis mejillas la palabra dada, compartida, confiada.
Quizás me embargue la melancolía y rumie para mis adentros que cualquier tiempo pasado fue mejor; quizás el tiempo haya solapado lo malo para que lo bueno sobresalga ante mi ventana; quizás vaya en mi carácter el ver en estos momentos el vaso medio vacío cuando albergo un problema, pero la sensación de desconfianza que veo, que vivo, que respiro cada día a mi alrededor hace que la mayoría de las veces opte por hacer mutis por el foro y esconder mis silencios entre el aire de mis pulmones cuando éste me acoge entre sus pechos. Dudo que él me engañe.   
Aun así, seguiré desnudando mi alma en cada escrito, seguiré acompasando mis poemas ante el vaivén de una mirada, seguiré sonriendo ante la malicia de aquellos que se creen mis enemigos, y seguiré, cueste lo que me cueste,  persiguiendo mis sueños, aunque broten lágrimas de rabia y de impotencia.
Sólo me queda creer en mí y en mis pasos. Sé que ellos me llevarán - algún día-, a acariciar con mis manos la sonrisa de la luna.

viernes, 20 de julio de 2012

Una Vieja Amiga.


    Hace un par de días volví a encontrarme con ella. Estaba intentando que mi piel fuera cogiendo su color veraniego de una forma natural, dejando que se tomara su tiempo, que cumpliera con cada una de sus fases de desarrollo sin prisas, y no encontré mejor crema que la de anclar mis pies descalzos bajo la orilla de una playa a media mañana, sentir el vaivén de una olas entre susurros y embestidas del aire, y advertir cómo los tobillos de uno se van solapando a los hilvanes de un mar que a esas horas ya se había pintado la cara con coloretes de inocencia.   
Suelo hacerlo a menudo. Tanto en verano como en invierno. Me acerco de manera sigilosa hasta ese borde fronterizo que no deja claro donde acaba lo seco y donde empieza lo húmedo para oír, en parte, a ese mar del que tan preso soy, y para escuchar, por otra parte, lo que soy capaz de contarle entre murmullos de silencios.
Sus respuestas, puestas en boca de esa espuma que se esfuma entre los dedos de los ilusos, es un tatuaje difícil de borrar y de olvidar.
Cuando me acerco a ese mar amordazado por los vientos, me gusta creerme que formo parte de sus encajes y de sus remates. Creo que en el fondo le agrada verme allí para de esa forma descubrirme de forma disimulada.
Y allí, adormecida por las olas y sacudida por los rayos de sol, suelo encontrarme con mi vieja amiga, esa que mi cuerpo traza tras de mí en el agua; siempre me ha perseguido, de siempre me ha estado apretando, y por siempre me acompañará allá por donde mis pies caminen. Me guste o no me guste, esa vieja sombra forma parte de mí.
Es en esa silueta que ni el propio mar puede contornear a su antojo donde amontono todo lo que he sido, todo lo que soy y todo lo que mis sueños quisieran ser, con mis luces y sombras, con mis defectos y mis virtudes, con mis pares y mis nones.
Es en ese espejo azulado donde se pintan los poros de mi piel sin que nada quede al azar; donde se descubren los moratones que la soledad ha sido incapaz de acunar entre sus brazos; donde contemplo cómo mis quimeras se van evaporando como bocanadas de humo a medio exhalar, y donde me doy cuenta de que, aunque pretenda elevar mi cabeza ante el dolor y el llanto, siempre habrá alguna daga caliente que me la quiera rebanar, bien por envidia, bien por maldad.
Es mi vieja amiga, esa que sin decirme nada es capaz de apuntarme cuántas piedras conformaron mi camino, es capaz de advertirme que el orgullo de vez en cuando hay que escupirlo entre rabias y delirios, pero sobre todo, es esa vieja amiga que jamás suelta mi mano cuando las cosas se tuercen al doblar la esquina y en el cielo empiezan a descubrirse nubarrones de abandono.
Es a ella a quien hay que preguntarle quién soy yo verdaderamente; es mi primera muralla, la que te pondrá las cosas difíciles para que no me hagas daño; a estas alturas estoy cansado de sufrir por mediocres que no merecen la pena.
Si quieres formar parte de mi vida, tienes que empezar por ganarte la confianza de mi vieja amiga; si lo logras, ella te indicará los surcos que tienes que recorrer para descubrir lo que mis latidos esconden. Así que, ¿te atreverás a ganártela?

viernes, 6 de julio de 2012

El color del llanto.



A lo largo de mi vida he visto deambular por mis mejillas multitud de lágrimas, señal inequívoca de que mi corazón desata sus costuras de vez en cuando para romper aquellos silencios incómodos e hirientes, para acallar a una rabia que por momentos no le deja articular palabra o para enfrentarse a una tristeza que se viste de miradas y abrazos envenenados.

Es una manera simple y personal de vaciarnos por dentro, de zarandear a nuestras heridas, de acunar a nuestras nuevas cicatrices y de tomar aire para enfrentarnos a unos recuerdos que el tiempo irá tejiendo entre pespuntes de nostalgias.

Reconozco que me cuesta romper a llorar, que a veces intento hacerme el fuerte ante situaciones que me desbordan, que me agarro con ímpetu a la barandilla de la hombría porque eso es lo que los demás esperan de mí, pero en el fondo soy igual de vulnerable que los demás y, cuando exploto a llorar, lo hago sin miramientos ni remordimientos.

Así, y echando la vista hacía atrás, me he dado cuenta de que he llorado de manera desconsolada cuando un familiar escribió en el cielo la palabra adiós sin que los vientos tuvieran fuerzas suficientes para borrarlas.

He llorado como un niño pequeño cuando he sentido cómo mis latidos se rasgaban a jirones cuando faltaba a mi lado la dueña de unos suspiros que por egoísta perdí y no quise darme cuenta.

He llorado amargamente cuando tras de mí escuché el vacío que se siente tras cerrar diversas puertas a sabiendas de que nunca más volveré a llamar a ellas con mis nudillos, bien por orgullo, bien por apatía o, simplemente, por que no todos los dinteles sirven para guarecerse de la lluvia.

Rompo a llorar cada vez que me encuentro cara a cara con la mirada que en su día tallara la luz entre gubias de compases, y me estremezco tan sólo al recordar retazos de una infancia que cuelgan de mis huellas entre guiños color sepia. 

Como ven, he vertido lágrimas. De todos los colores y sabores. Bien sólo o bien en compañía de aquellos a los que no les importó tender su mano para que en ellas las secara. Esas lágrimas compartidas son las que mejor respiran.

Pero las que inundaron mis ojos hace un par de días tiñeron mi cara de un color especial, de un color rojo que saboreé de otra manera. Tenían un regusto diferente.

Fueron lágrimas que en su interior llevaban incrustadas la palabra felicidad. Lágrimas que se soltaron de mis adentros y explotaron en mil pedazos para hacerme olvidar - por unos instantes -, lo que el aire que respiramos nos trae en cada golpe de mano.

Lágrimas del color de la camiseta de la que me siento orgulloso; lágrimas del color de las banderas que desde hace semanas cuelgan de los balcones de las casas; lágrimas del color de mi sangre, esa misma sangre que se arremolina por entre mis venas cuando escucho un himno al que no le hace falta letra.

Lágrimas, en definitiva, tintadas de rojo; ¿habrá color más bonito? 


viernes, 22 de junio de 2012

Regalos sin envolver

 

              Suelo enmarcar entre suspiros de asombro la cara que se me queda cada vez que tengo la suerte de recibir un regalo.

Introvertido y poco dado a expresar en público lo que siento por miedo a condenarme a mis palabras o a mis gestos, reconozco que lo paso mal cuando en un momento dado soy yo el elegido para vivir una situación de esas, pues son los nervios y la incertidumbre los que toman de la mano las riendas de la alegría, y asisto con sorpresa cómo las tiras de papel se acumulan entre mis manos, oyendo de fondo las sonrisas del tiempo y los aplausos cómplices de los demás presentes.

A día de hoy - y con más de treinta primaveras vividas bajo las huellas de mis sueños -, sé que tengo que aprender a enfrentarme a esos momentos con mayor tranquilidad; sé que tengo que vivirlos con mayor naturalidad; sé que debiera de disfrutarlos porque, al fin y al cabo, recibir un presente implica que alguien garabateó el rostro de uno sobre el cristal de cualquier escaparate y sintió una felicidad contagiosa por hacernos feliz, al margen del precio, del tamaño o de la utilidad que le demos luego.  

Es el gesto más sencillo que tenemos para decirle a alguien que nos importa, que no está solo, que lo queremos, que su presencia en nuestras vidas da sentido a nuestros pulsos,... pero hay regalos que uno recibe sin darse apenas cuenta.

Son aquellos que el día a día nos va dibujando sobre las aristas de las horas. Carecen de envoltura, no presentan adornos en las esquinas, nuestros nombres no aparecen remarcados sobre una pegatina de fantasía y el papel con el que se nos entrega es invisible y apenas se muestra doblado.

Precisamente uno de estos regalos los recibí la otra noche, camuflado en un grito desesperado para evitar que la ansiedad y la tristeza hicieran de las suyas sobre una persona que lleva adosada la dulzura hilvanada a su mirada, pero que tendría que aprender a quererse un poco más, a confiar en sí misma antes que en nadie, a dar un golpe sobre la mesa de su decisiones y a luchar por sus sueños si no quiere ver cómo sus sueños se esfuman entre sus lágrimas.

Su mensaje fue claro, sincero, ahogado, melancólico:

- “¿Puedo llamarte? Necesito hablar y desahogarme.

Con los tiempos que nos están tocando vivir, donde preferimos que nos lean a que nos escuchen, donde escuchar se nos antoja difícil pues el ruido que hay afuera nos impide leer nuestras palabras, encontrar a alguien que levante la mano y que quiera compartir sus silencios y sus miedos es un regalo que hay que saber abrir y disfrutar. Pero sobre todo, apreciar.

Y como ese regalo, a lo largo del día nos vamos encontrando con multitud de ofrendas que hay que saber descubrir, que hay que saber saborear, que hay que saber compartir.

Si me dieran a elegir, preferiría mil veces tener que rasgar la envoltura de este tipo de regalos que ver cómo envejecen aquellos que por un instante arrancaron de mi una leve sonrisa. Está claro que todo es cuestión de gustos, aunque ¿ tu no escogerías lo mismo?

sábado, 16 de junio de 2012

El aroma del Puerto.



         Tiene guardado en algún bolsillo de su memoria el lienzo de aquel rincón donde de pequeña correteaba buscando las risas cómplices de otros niños a la sombra de la tarde por la calle Luna.
En su piel se confunden las arrugas de los años con las huellas de los granos de arena que embadurnaban su cuerpo antes de bañarse en las calas que ha bocados el mar ha atrapado para sus adentros, perfilando el perfil de aquella tierra sureña entre vientos y rocas.
Sobre la ribera del puerto, vivió sus primeros amores. Apoyada sobre aquella baranda soñaba embarcar sus besos a bordo de aquellos barcos que zarpaban al atardecer diciendo adiós entre vaivenes de penas, y por la noche le gustaba regresar a casa despeinada, cogida de la cintura, robando suspiros a los silencios de los zaguanes donde la pasión se desataba a escondidas.
Desde hace años no le hace falta mirar ningún calendario para saber que sus pies descalzos pronto volverán a pisar esos adoquines donde sus días crecieron entorno a una luna que se sonroja entre envidias y nostalgias, pues tiene que ser duro vivir tan cerca del Cielo y no poder sostenerlo entre sus manos.
En las costuras de sus palabras revolotean los recuerdos de los amigos, las caricias de las historias vividas, los susurros a altas horas desvelados, los abrazos acompasados, los deseos envueltos entre bulerías y pescaitos fritos… quimeras de juventud que se perdieron por azoteas y campanarios al despertarse la mañana.
Al encontrarse en su destierro forzado con algún que otro espejo, se busca la mirada para ver esos ojos azules que provocaron mas de un silencio; se peina sus canas a sabiendas de que todavía le queda muchas historias por vivir; se ríe de sus achaques, tiene amenazado en una esquina su viejo bastón de madera, se sumerge en sus añoranzas para recordar lo que le queda aun  por vivir,… y en el horizonte de sus pensamientos, desafiando al levante y al poniente, sabe que cuando regrese otro verano al Puerto - a su Puerto -, el reloj de la espera se detendrá sobre las plazoletas para que la vida se pasee a velocidad de óleo.
Y allí, sentada al fresquito de la tarde, con la vista puesta en la mar y viendo jugar a las palomas entre chiquillos y cohetes, aspirará el perfume de aquella ciudad que hace años la vio nacer y navegará por sus venas ese aroma para que así su corazón pueda seguir latiendo un verano mas.

martes, 5 de junio de 2012

Pétalos sin corona



          Sabía que existías en algún lugar. Sabía historias, retazos, leyendas que hablaban de Ti. Sabía que iba a ser un día grande para los hermanos de la Salle, un regalo para este pueblo, un fin de fiesta para los pies. Sabía que en las pupilas de tu mirada Sebastian Santos escondió los besos enloquecidos de una hija,… pero nunca imaginé que fueras así.

Fui a tu encuentro vestido con el traje de inocencias, sabedor de que aquel no era mi sitio, de que aquel no era mi patio, de que allí no se escondía mi fe. Sólo quería verte pasar, no molestar y rezarte un Ave María cuando te tuviera enfrente, pues es la única forma que uno tiene para pedirte cosas sin alzar la voz - en este caso para que lo sigas cuidando -, y al final de la noche acabé con el traje oliendo a incienso y con los hombros llenos de pétalos de tu gracia.

Me fui temprano para coger sitio. Lo miré todo con ojos inocentes; no me podía permitir el lujo de que se me escapara ningún detalle, pues quizás no volviera a verte nunca más reinando por San Marcos, por eso busqué el mejor rincón posible para entender qué es lo que tienes adosado a tu nombre.

Algún misterio debes de encerrar para que tantos corazones hayan latido bajo las bóvedas de tus sombras, y por un par de horas me tendiste la mano para atraparme de la cintura. Aun hoy, sigo sin desvelar ese secreto.

Por momentos me sentí uno mas de tu cortejo, un creyente más que caminaba a la verita de tu manto para no dejarte sola, un ser dichoso que tuvo la bendita suerte de ver a escondidas cómo el orgullo y las lágrimas se fundieron en emociones.

Comenzaste a caminar, y sin darme cuenta estaba perdido entre los lazos azules que las niñas llevaban recogidos a sus ternuras; escuché esa campana inquieta, vocera de ramos y palmas con la que ibas abriendo los zaguanes del tiempo; mastiqué el aroma de un arco por el que pasaste danzando de puntillas; los naranjos que te ibas encontrando a cada esquina agachaban sus ramas para tirarte besos; las velas rizás cobraron vida por Gaitán para contarte secretos que el viento suscribiría de por vida,… y en cada petalá vivida sentí que no hay mejor corona que  pueda bordear tus sienes que los silencios de un pueblo que esa noche aprendió a callarse en Tornería.

Así fue tu día, por que ese día era tuyo. Lo tenías remarcado en las esquinas de las ilusiones, en los adoquines donde se reposaron tus zancos, en los balcones de tu recorrido, en los cierros donde las dudas se disiparon,…

Quizás no vuelva a verte, pues hay una túnica negra y atravesada de puñales que corre por mis venas, pero saliste a la calle, y llenaste la calle de Ti. Sin decir una palabra, lo dijiste todo. Sin levantar la mano, todos sabían quien eras.

Bajo una estampa tuya guardo algunos pétalos que me llevé para casa, acunados sobre mis dedos, con la sonrisa entre sus pliegues, pues ellos te habían visto, te habían escuchado, te habían sentido.

Yo también te vi;  yo también te escuché; yo también te sentí, y aunque no te hace falta corona para reinar, esos pétalos y yo volveremos a la calle para buscarte, pues ese día no habrá Estrella que brille de forma más dulce en todo el Universo que la que sueña en San José a que al fin se descubra el más singular de los secretos.  






jueves, 24 de mayo de 2012

El balcón de la abuela


                        Tengo un desván en algún lugar de mi alma donde voy acumulando los retazos, las vivencias, las quimeras; los desencuentros, las amistades, las lágrimas,… Los ato con fuerza a hilos de nostalgias, los envuelvo entre papeles tintados, los ordeno de menor a mayor, y de tarde en tarde suelo abrirlos, acariciarlos a escondidas, cogerlos de la mano y pasear junto a ellos por senderos de silencios.

Los tengo siempre presentes. Son las huellas olvidadas del ayer donde encuentro las pisadas del hombre que camina hoy entre sueños encaprichados. Recuerdos que crecen entorno a unas sombras que como raíces, hacen que mis pies sigan anclados a una tierra que cada noche me devuelve a la realidad de mis días.

Siempre digo que el que quiera conocerme sólo tiene que rebuscar entre los espejos encalados de mis palabras o buscarme entre las palabras que encalaron mis espejos. En ellas se esconden mis recuerdos.

Y hoy, 24 de mayo, las palabras que coquetean ante esos espejos me devuelven los sonidos de aquel patio de colegio salesiano del Oratorio,  salpicado de canastas anaranjadas, en cuya fuente nos aglomerábamos los niños en los recreos antes de que sonara el timbre para volver a clase; en ese patio hacíamos “boquetes” a ras de las aceras para jugar a los bolindres, echábamos unos futbolines y cada clase tenia una tarima de madera para llegar a la pizarra, un lugar determinado para colocarse en los bancos de la Iglesia y un balón remarcado con tinta azul para que no se nos perdiera.

Hoy, 24 de mayo, cierro los ojos y veo ese panel de corcho donde los termómetros del Domund decoraban nuestras ilusiones de quedar los primeros algún año, escucho el siseo de las banderas que nos decían el recorrido a seguir cuando disputábamos “la Marathon por los alrededores de esos muros al llegar el mes de enero y canturreo unas sevillanas cada vez que cojo una flor entre mis dedos y con todo mi cariño la acerco hasta mi corazón.

Hoy, 24 de mayo, la luz volverá a acariciar los suspiros de miles de salesianos; las plantas volverán a rendirse ante la dueña de los pulsos; el aroma de su mirada se hará presente en las calles; la algarabía ondeará en el horizonte banderas teñidas de sonrisas; las campanas voltearán entre abrazos ansiados; las atalayas de los años se fundirán entre arenas de impaciencias, y el orgullo de nuestro pasado brotará en cada gota de sangre que circule por nuestros cuerpos.   

Hoy, 24 de mayo, es uno de esos días en los que uno se descubre tal como es, pues las mascaras y las aristas de nuestras costuras se caen por si solas cuando la que LO HA HECHO TODO vuelve al encuentro de nuestros pasos.

Hoy es 24 de mayo. Sobran las palabras. El tiempo se detiene. Los latidos se aceleran. Los recuerdos se descubren, y en un rincón de mi ciudad -allá donde confluyen los cuatro caminos-, Ella de nuevo volverá a sonreír desde un balcón salesiano.