domingo, 27 de diciembre de 2015

Tu mayor creación..


             Un año más la Sagrada Escritura del nacimiento del Hijo de Dios se ha cumplido; hace un par de días, en un portalito de Belén oscuro y llenito de telarañas, María daba luz al Salvador de la Humanidad

Y lo hacía en una noche de Nochebuena, a pesar del empeño de unos cuantos en pisotear la esencia de esta fiesta del calendario. 
   
A estas horas, me imagino que San José ya habrá arreglado las ventanas para que el relente de la tarde no siga haciendo de las suyas y la Virgen María -ya recuperada del parto-, de seguro que andará guardando silencios de dolor por las esquinas del horizonte.

En breve, sus Majestades los Reyes Magos de Oriente seguirán el camino de una estrella para postrarse ante un pesebre de madera y presentar oro, incienso y mirra como regalos con los que la humanidad da la bienvenida al Rey de Reyes, pero querido Jesús, tú no te fíes…

No te fíes de esta costilla podrida esculpida a tu imagen y semejanza,… pues con el tiempo se ha alimentado de los vicios más mundanos que existen sobre la Tierra.  

No te fíes del Hombre, pues por nuestras venas recorren todos los pecados capitales de la humanidad, y a cada paso que damos demostramos nuestra soberbia, nuestra avaricia, nuestra pereza,…

No te fíes de esta figura de barro, pues por nuestras miradas se agolpa la envidia, ese veneno que hace que juremos en arameo cuando vemos que a los demás la vida empieza a sonreírles y dejamos así de perseguir nuestros sueños.

No te fíes de un ser que no tardará en traicionarte, que apenas quiere saber de Ti, que muy pronto te venderá, te escupirá, te vejará, te abofeteará… y que atravesará el costado de tu bondad con su maldita y denostada prepotencia.

Querido Jesús, no te fíes de tu mayor creación…


jueves, 17 de diciembre de 2015

Romance a la Esperanza


En una esquina de mi alma
anclada por los recuerdos
entre cortinas azules
y mil tiestos de por medio
se alza en silencio la reina
de los fríos del invierno
la de la dulzura eterna
la del susurro del viento
la que quita sinsabores
al trébol de los aciertos
la que arropa las promesas
con costuras de remedios
la que de noche camina
por la orilla de los sueños
la que sirve de inspiración
al preso de los acentos
la que da los buenos días
al más loco de los cuerdos
la que provoca locuras
que se reflejan en versos.

  
Ella siempre se encuentra ahí
con el pecho descubierto
las lágrimas ensartadas
los ojos zanjando entuertos
dispuesta a escuchar palabras
que atraviesan los desiertos
los arroyos, las montañas
los barrancos y los puertos…
y que al sentir su mirada
sosiegan todos los rezos.


Ella siempre se encuentra ahí
recogiendo desalientos
los que voy catalogando
por los pasillos del tiempo
los que consumen mis fuerzas
los que me queman por dentro
aquellos que me hacen llorar
secar penas como diezmo
hundir mis pies en el barro
y mi dolor en asedios.


A Ella

A Ella le revelo todo
sin dobleces, sin misterios.
A Ella le confieso todos
los ecos de mis silencios.
Con Ella comparto todos
los bordes de mi universo…
desfilando por mi boca
una cascada de nervios
cuando se desata el llanto
en un banco de su templo
y veo en la lejanía
cómo agonizan tormentos.


Porque Ella le da sentido
al suspiro de los besos
al pellizco en las entrañas
a las llamas del infierno
al principio de la vida
al ocaso de los huesos
al renglón equivocado
a los amores eternos
a los que penden de un hilo
a los abrazos maternos
a los que tienden la mano
a los que apagan incendios
a los que cosen heridas
a los que no tienen dueño
a los que envuelven sonrisas
a los latidos pequeños
a las respuestas vacías
a los que hilvanan empeños
a los que narran leyendas
a los que emprenden regreso
a los que envían recados
más allá del firmamento...
y a los que no entienden que Ella
es la luz y el alimento
de este simple junta letras
de este negado talento
que encontró en la Esperanza
-bendito fue aquel encuentro-
el motivo para vivir
y el final para sus cuentos.


Foto: Fran Silva


domingo, 13 de diciembre de 2015

Salgan a buscarla...


             Hacía algunas décadas que sus huellas no pisaban nuestra tierra cuando la hoja del mes de diciembre comienza a despedirse de la alcayata de la pared.

De vez en cuando el destino traza renglones no solo torcidos, sino difíciles de entender. 

Así que bajo otros atardeceres, formó una familia, adoptó otra bandera y dejó que las lágrimas se confundieran bajo el acento de otro idioma. 

Pero una mañana, masticando nostalgias cerca de la línea del horizonte y recordando cómo suena un compás de repelucos, hizo una maleta de abrazos y añoranzas para volar hasta esta ciudad sin fronteras que jamás quiso borrar de sus pensamientos. 

Pero al llegar aquí, vio que aquel sitio donde sus dientes echaron a correr y sus primeros besos fueron robados al aire estaba muy cambiado, muy distinto, muy raro. 

Al perderse por las calles del centro, comenzó a sentirse como un forastero al que sólo le faltara un mapa y dos parchetones de color rojo en la cara para no perder el norte de su visita, haciéndose mil preguntas sin encontrar respuestas convincentes.

¿Qué le estaba pasando a esta ciudad que galopaba por las entrañas de su orgullo?

¿Por qué estaba enquistada en la desidia, en la dejadez, en el pasotismo,…? 

¿Cómo era posible que cuatro adornos de navidad mal puestos pudieran con las ganas de acoger la llegada del Hijo de Dios, ese que de una manera u otra se cuela en los latidos del frío y que da sentido al espíritu de la Navidad? 

Pero entonces, escuchó una zambomba, un almirez y una pandereta de palmas entonando villancicos en torno a una fogata de caminos, de roscos y de pestiños,… y suspiró al ver que aunque muchos no lo acepten, la verdadera navidad se vive al margen de decorados, de luces, de pista de hielo,…

Así que rebusquen en su interior… y salgan a buscarla…

            


domingo, 6 de diciembre de 2015

Guiños del cielo


Cada uno de nosotros guarda en los dobladillos del día a día unos cuantos guiños que nos hacen enfrentarnos a la vida como una gran aventura que merece la pena vivir.  

Son de esos guiños que el cielo de vez en cuando nos regala.  

Llegaron un buen día hasta nosotros para cumplir con la letra pequeña del destino,… o bien fue nuestro destino quien nos los puso a la verita de nuestras huellas para ir de la mano deshojando hojas del calendario.

Pasado un tiempo, esta cuestión carecerá de importancia.

Porque son de ese tipo de guiños que siempre están ahí, bien a través de un mensaje, bien a través de un comentario, o bien a través de un saludo envuelto en sonrisas envueltas en alegrías.

Son guiños que se acercan hasta nuestras cinturas con la mirada limpia, con el colmillo sin envolver en envidias, con la intención de no pedirnos nada a cambio,…

Son guiños que no te despellejan por la espalda, que no te hacen el vacío, que no te utilizan para acrecentar sus egos,…

Son guiños que no te juzgan sin antes buscarte los ojos, que no pisotean tus silencios, que no escupen sobre tu nombre,…

Más bien su misión en nuestra vida es todo lo contrario, ya que son guiños que se ofrecen en cuerpo y alma para sacarte una sonrisa, para ahuyentar tus miedos, para animarte cuando las heridas vuelven a abrirse por el paso del tiempo,...

Son guiños que te tienden la mano cuando el precipicio de las dudas perfila horizontes,…

Son guiños que cosen de humanidad las piedras del camino, y con su fuerza, entusiasmo y alegría soplan las velas de nuestros proyectos de futuro.

Una parte de mis guiños la conforman la amistad de mi amigo Mata y la de mi amiga Helen, dos guiños que hacen más grande si cabe al cielo de donde ambos vienen.


De corazón, gracias por estar siempre ahí…