No seremos nada


             El clima informativo del que todos somos presos, aunque la justicia se haya encargado de dejar claro que hay grilletes que no encajan de igual manera en algunas muñecas, está minando poco a poco nuestra moral, como diría el otro, y no le va a faltar razón al pobre pescadero. 

Uno intenta mantenerse al margen y no caer en esa tediosa malla de dimes y diretes, pues suficiente vela aguantan algunos de mis cansados palos, pero es imposible no salpicarse las botas al esquivar algunos charcos, aunque pretendas dejarlos a cierta distancia.

Suena el despertador rompiendo los mejores sueños, esos que nacen al formarse el rocío del alba, esos que maquillan de prisas la mañana, esos que se ponen a pegar brincos sobre sábanas aun calientes, y sabes que una nueva jornada de lucha y de decepciones se avecina a lo lejos.

Hay días que uno siente ansiedad al levantar las persianas.

Antes, uno se bajaba de la cama con la idea de comerse el mundo; ahora es el mundo el que desayuna – con los pies en zapatillas-, nuestras ganas de hambre dejando a un lado del plato las legañas y el pijama. 

El miedo lo tenemos enfundado en nuestra piel, al abrir un periódico, al escuchar la radio o al ver la televisión, evitando leer, escuchar, ver - en la medida de lo posible-, cómo un nuevo icono, un viejo ídolo o un emblema institucional hunden sus raíces en la corrupción, en el engaño y en la estafa, haciendo trizas aquellas palmas batidas en su día y que alzaron nuestros orgullos y nuestra admiración en un brindis bajo el sol con las estrellas como convidadas de piedra. 

Pero por mucho que uno intente cerrarle puertas a la realidad, ésta siempre encuentra algún resquicio para colarse y aguarnos la fiesta. 

Gracias a la globalización del mundo, esos que dan lecciones de humanidad desde tribunas a sueldo, uno puede escuchar los últimos latidos de un país que se desangra por los cuatro costados antes de que el gallo cante.

Pero no nos engañemos, llegados el mes de mayo nuestras preocupaciones se vuelven banales y se rebujan con los iconos, sobre todo con el de bajar los brazos y mirar para otro lado.  

Yo estoy preocupado por ésta situación; y como todos hacen análisis y dan soluciones ante la debacle que se nos viene encima, aquí os dejo mi concienzuda reflexión a la hora de superar la crisis: no se puede perder la costumbre tan nuestra, tan asimilada, tan castiza como es la de hacer la faena de la casa con el televisor de fondo, compañía excepcional a la hora de reposar el primer café.  

Ya ven ustedes, qué pensarán ahora esas alcobas perfumadas, esos pasillos remojados, esas ganas de tenerlo todo recogido antes de las diez de la mañana, evitando el qué dirán las visitas incomodas, si callamos a ese hilo de voz que se altera con cada eco de la sociedad.

Señoras, señores, hay que perpetuar la especie humana, y hay que dejar que ese circo siga dominando nuestras vidas; sin ellos, no seremos nada.