lunes, 27 de mayo de 2013

Tuve esa suerte


          Cada vez que el mes de mayo se acomoda en las persianas del atardecer, siento a los repelucos de los recuerdos comenzar a batir sus alas, volviendo a sobrevolar los poros de una piel que a estas alturas del año ya andan pidiendo los domingos por la mañana la venia necesaria para mudar su color por un tono algo más oscurito.

Es quizás la época del año donde más nostálgico me vuelvo, donde más me gusta repasar las huellas de mi presente, y donde los pellizcos del mes de María denotan que sigo siendo salesiano, le pese a quien le pese.   

Así, sé que el día que sale a la calle mi Virgen es el día de los encuentros, de los saludos, de destapar la nostalgia y compartir la añoranza con los compañeros de banca y con los profesores, cuando éstos sólo admitían que se les llamase de don y se les respetaba con sólo oler su sombra.

Sé que el mes de las flores sirve para buscarse en los espejos de lo que se es cuando los reflejos de lo que somos se emborronan por culpa del vaho de las desilusiones.

Y también sé que crecer bajo la mirada de un crucifijo, posado sobre una pizarra - ya sea de tiza blanca o digital-, moldea nuestro carácter de manera especial; nunca nos hicieron mejores, sencillamente, nos hace ser diferentes.

Y todo se lo debemos al que desde este pasado viernes tiende su mano a las puertas del Santuario de María Auxiliadora, lugar donde algún día el sueño de un sí quiero se hará realidad, lugar donde encontré a la que unos cuantos me quisieron arrebatar.

Puedo decir orgulloso que eche los dientes bajo las faldas de la que un día lo hizo todo, llevando por siempre impreso ese legado sobre mi sangre; simplemente, tuve esa suerte.