Venía de vuelta en el tren la otra noche y me puse a escuchar, con los ojos cerrados, mis benditos carnavales gaditanos, pasando de Las Marujas a Los Templarios . Del último cuarteto del Gago a Los Aleluyas . De la dulzura de Dani Obregón cantando a la extraordinaria última actuación de Tamara Beardo en el Pay Pay. Pero fue llegar al final del popurrí de La Serenísima cuando un escalofrío negro recorrió mi mirada de arriba a abajo, sintiendo en el reflejo del cristal de mi vagón la pluma de ese indómito filósofo al que tanto echo de menos. Cuánto he aprendido de él y que bien le vendría al mundo ese colmillo afilado que de vez en cuando se gastaba el de La Laguna con la sana intención de hacer que el mundo abriera los ojos de una maldita vez y que viera el lodazal de mentiras y egoísmos que le estamos dejando a nuestros hijos. Siempre lo admiré y lo admiraré por siempre. No escondí ni esconderé mi juancarlismo. Pero con el paso del tiempo me voy dando cuenta de q...