Tras meses de silencio, una noche se pusieron en contacto. Quedaron a las cinco de la tarde del viernes próximo en la esquina de siempre. Pero esta vez, llevarían una maleta cada uno y pasarían el fin de semana en camas separadas. El viaje de ida lo hicieron hablando de cosas triviales. Que si la comida. La última canción. La lluvia. Al llegar al destino, dejaron los móviles en la mesita de noche. En modo avión. Y se pusieron cómodos, tras acordar que cenarían temprano. Tras tomar el postre, se miraron a los ojos a sabiendas de que el primer asalto había llegado. Pero no hablaron hasta pasados varios minutos. Ninguno se atrevía a romper el hielo. Los dos tenían mucho que decirse. Pero a veces el dolor se atraganta en los labios y no te deja respirar. De allí saldrían o de la mano o separados para siempre. De ahí que ambos supieran que era su última oportunidad. Su último cartucho. Su último por qué. Y de repente, las palabras, las excusas, las ra...