Con los años, uno se va dando cuenta de que la vida es un regalo que el cielo nos hizo cuando menos lo esperábamos, y que deberíamos de disfrutar más de cada amanecer. Sobre todo, porque sin darte cuenta comienzas a acumular bajo la piel arrugas, cicatrices y olvidos que -a su manera-, van descontándonos el tiempo. Latidos, huellas, miradas; abrazos, despedidas, caricias; besos, silencios, lagrimas… Detalles, en definitiva, que conforman lo que somos, lo que vivimos, lo que nos queda por soñar. Detalles… Pequeños gestos que nos hacen el día a día más llevadero, menos impertinente, más generoso. Como esos mensajes que uno recibe cuando menos te lo esperas, a pesar de la lejanía o la ausencia, para saber de uno, para preguntarnos cómo nos va o para desearnos la mayor de las felicidades. Como esos pequeños sigilos que encontramos en medio de una bulla, de una cola, de un gentío , refugios que uno necesita para poder seguir persiguiendo sueños. O como cuand...