El “tic-tac” de mi reloj de pulsera se detuvo la otra noche, justo en el último quiebro de voz de la comparsa de Tino Tovar. Fue ahí, entre ecos de aplausos y lágrimas silenciadas cuando el jarró de agua fría busco mi espalda y reveló el secreto de que Tino necesita un descanso. Su mirada lo necesita. Su gente lo necesita. Y su tiempo lo necesita. Él mejor que nadie sabe del duelo que supone dibujar te quieros sobre el horizonte de lo marchado; sobre nostalgias recién embaladas; sobre una soledad que martillea las sienes de la memoria, de la piel, de los besos ardientes que ya uno nunca podrá recibir… Se va para perderse en los callejones de su infancia y abrir de par en par los recuerdos a su corazón herido y remendar las costuras de su ser. Se va para buscarse entre silencios de algarabía, para echar la vista atrás y para respirar en torno a las huellas del poeta que a día de hoy es, del hombre que hoy es. Se va para algún día regresar… o para regresar ...