Gracias a este tiempo juguetón e indeciso del mes de octubre, llevo una semana aquejado de una laringitis y de un reposo forzoso que me ha servido para algo más que guardar silencio. Atendiendo a los consejos de mi médico, he dejado que mi voz descansara un par de días y he aprovechado para escuchar y ver cómo hablan los que están alrededor mía. De esta forma, certifico que vivimos en la sociedad del escaparate, del mírame, pero no me toques , del roneo constante, filtrado y glamuroso. A todos nos gusta relatar pormenorizadamente aquello que hacemos, aquello que no podemos hacer, aquello que nos gustaría estar haciendo. Miramos con envidia al que tiene dinero, al que tiene hobbies, al que tiene a alguien en su casa esperándolo con los brazos abiertos y la cena envuelta en confesiones y besos, … Pero me ha dado pena comprobar cómo muchas personas se dejan arrastrar por los cuatro o cinco pensadores de turno, buhoneros de Twitter y Facebook, filósofos a tiempo par...