Lleva varias semanas sin poder conciliar el sueño; se pasa las noches deshojando miradas a la luna tras el visillo de su dormitorio y siente una punzada a la altura del pecho cada vez que entra en la cocina y se calienta un vaso de leche. Noviembre se asoma por la rendija de sus nostalgias y la pone enferma el recuerdo que provoca en sus bolsillos. Y es que sus bolsillos están tiznados de lutos desde que la vida le obligó a despedirse del amor de su vida; y el hilo de esa costura está hilvanado con el aroma del mes de los difuntos. Por eso ella no entiende que sólo nos acordemos de las ausencias una vez al año y que la mayoría de los cristianos pongan el grito en el firmamento de sus creencias ante calabazas y modernidades extranjeras. Ella sabe valorar otras cosas. Por eso se conforma con saber que detrás de las nubes existe una voz que aún le susurra que la quiere; que existe una caricia que por las noches dibuja sobre su piel la palabra felicida...