Desayunaba la otra mañana junto a un grupo de madres con las notas de sus hijos bajo el brazo y le dieron un soberano repaso a todo aquel que se dedica al noble oficio de enseñar. Días después no cambio ni una coma de los distintos discursos que allí escuché porque recibí una auténtica lección de humildad. Y es que verán ustedes, yo soy maestro y defiendo mi oficio a capa y espada allá donde haga falta, pero admito que para llevarlo a cabo muchos nos envolvemos con la tiza de las excusas. Me sobran dedos de una mano para reconocer a compañeros que admiten sus errores a la hora de trasmitir conocimientos y que confiesan que su labor es mucho más que ponerse delante de una pizarra y enseñar las letras del abecedario o el concepto de fracción. Pero es que el maestro nace, no se hace. Y el título que te dan en la Facultad de Ciencias de la Educación no sirve de nada si uno mira a sus alumnos con prepotencia en las clases; si vende a compañeros en un despacho d...