Sin apenas darnos cuenta, la semana del año que detiene los pulsos del reloj de los cofrades ha dado comienzo, y las primeras pisadas de nazarenos se han quedado prendadas sobre los adoquines de la ciudad, desabrochando promesas e ilusiones. Es la cita remarcada en el calendario que a algunos nos da la vida mientras que a otros le sale sarpullidos por la piel con tan solo detenerse en ella. En esta semana -entre palcos y atascos-, nuestra ciudad se perfuma, se calza zapatos cómodos, se maquilla sus penas y se va al encuentro de ese Dios al que algunos le rezan en estampitas, otros lo hacen en recuerdos y algunos privilegiados tienen la suerte de hacerlo in situ en aquellas Iglesias que no le tienen miedo a abrir sus puertas con la que nos está cayendo. Pero este encuentro con las respuestas a muchas de nuestras preguntas no sólo lo propiciamos nosotros. Me consta que a ese Dios barnizado en maderas y ropajes también le gusta que al m...