Cada vez que intuyo que al verano le quedan pocas horas de sol, le pido a la luna que me ayude a envolver aquellos pequeños placeres veraniegos que a lo largo de estos meses se han ido trazando sobre el moreno de mi piel. Es un pequeño regalo que me hace ver que el secreto de la vida se encuentra en las cosas simples y sencillas. Y entre estos placeres de los que les hablo, está el hecho de haberme afeitado solo un par de veces a la semana, abandonar en el armario a los pantalones largos y el dejar que el reloj que marca el tiempo de mi día a día jugara con el tic-tac del segundero sobre mi mesita de noche,… y no sobre mi muñeca izquierda. Otro de los placeres que sin duda guardaré en mi memoria fue el ver cómo el Sevilla jugaba otra final europea, aquel paseo de hace una semana por Sanlúcar de la mano de la mujer que amo y disfrutar del silencio que uno escucha cuando se está nadando en una piscina mientras los niños están haciendo la digestión. Echar...